En otoño, todo el oro del mundo se derrama sobre la península de Rilán. Cae sobre sus pastos, dora sus manzanas, agita el tornasol de sus álamos y, sobre todo, repinta el cuello canela de las bandurrias que, con graznidos metálicos, celebran el triunfo de tan regio color.

De inmediato, se recuerda a Gustav Klimt, como si hubiese estado pintando aquí.

Una península —como la de Rilán— es una tierra rodeada de agua, excepto por una parte angosta que la une a otra mucho mayor.

Todo comienza en Castro. Se conduce hacia el norte, se pasa por Llau-llao y, a cinco kilómetros a la derecha, se tuerce a Putemún.

Aquí se divisa una pequeña villa. Un vibrante manchón rosado de flamencos indica que se está en la parte estrecha y que doblando hacia el sur, se llega al lomo de la península. El cartel que anuncia a Punahuel es el primero en indicar los senderos que siempre, desde lo alto y por ambos lados, llevan al mar.

Abruman, tras cada bajada, subida o curva del camino, los letreros que señalan los villorrios de Astillero, Tey, Pullao (con humedal), Pillul, Aguantao, Quilquico. Luego Quento, Tongoy (con playa y palafitos), Curahue, Puyán (con humedal) y Hueico, con laguna. Cerca Yutuy, Lingue, Chañihué, Huenuco (con un interesante hotel). Más carteles a Coñico, Cuyao, Quelquel y, al regreso, a Tey, que conserva una sorprendente y última casa belga, con cubierta de “pico de loro” y una tipología ya inexistente.

No se puede ir a todas partes. El oro se derrite y esta península mira hacia los cuatro puntos cardinales; tan generosa de imágenes que exige tiempo para orientarse en sus recovecos. Visitamos dos de su treintena de localidades: la Villa de Yutuy y Santa María de Rilán, opuestas y equidistantes. La primera mira hacia Castro y Nercón y desde la otra se pueden ver las islas de Quinchao y Lemuy.

Aunque no se visite toda la península, hay cosas inolvidables. Una, es su imagen pastoril, tan antiguamente bucólica que incluye ovejas y corderos. El sisear de sus pastos —ocres, sienas, dorados— da placidez a sus pampas; el pensamiento se profundiza ante tanta amplitud para la mirada y el contento.

Santa María de Rilán

Cuando el mar dejó de ser la única ruta, los villorrios bordemarinos fueron creciendo y subiendo hacia el altozano. Desde sus invernaderos, Rilán surte de hortalizas a Castro. Se conversa con gente mayor cuyos hijos se fueron a trabajar a las pesqueras y ya no quieren ser agricultores. Por eso es que se venden los campos y chilotes urbanos, afuerinos e inmobiliarias compran. Con ello cambian el orden secular del suelo y el destino de un lugar que siempre vivió en una holgada economía de subsistencia y relaciones de reciprocidad e igualdad social. “¡No conozco a mis nuevos vecinos!” dice doña Zoila Ayaquintuy, que, por lo mismo, dejó de sembrar papas, pues ya no tendrá quien la ayude.

De construcción continua es la planta de esta villa. Inusual en poblados chilotes en los que las casas están separadas por huertas intermedias. Su plaza está regida por una de las iglesias más bellas de Chiloé, situada al frente de una explanada de obsesivo cemento que, sin embargo, es de gusto local.

Desde su puerto principal, Rilán mira al sur. Hay otra bahía, muy cercana, a la que se llega por un “sendero viejo” y que tiene mirada norte hacia un gran humedal. Desde aquí se ve la luminosa torre del templo y se entiende que ella siempre ha sido faro para la navegación.

En lo alto, en medio de dos casas, se muelen manzanas para fabricar la última chicha. El dueño es Orlando Leiva Maripillán, quien invita a participar de “la maja”. En otoño, las manzanas están dulces y doradas. La faena se hace con antiguas máquinas de madera y sin fines turísticos.

El oro de Yutuy

Bordemarino, ecléctico, Yutuy reemplazó su orilla de flora nativa por profusión de álamos. En mayo, ellos son el oro y metáfora de algún tesoro pirata o de un fabulador. De hecho, aquí vivió doña Umiliana Cárdenas, poderosa profesora y “bruja”, una especie de “gobernadora”.

Ahora vive Dante Montiel, querido escritor que con su casa caleuchana sigue regalándole fantasmas al lugar.

Ya en el pueblo, recibe una fea iglesia de tipología en “A”, que jamás pudo reemplazar a aquella de finales del siglo XVIII que fue demolida.

Sin embargo, la fe de los lugareños es la misma que la de 1698, cuando el lugar era uno de los puntos de la Misión Circular Jesuita.

Pequeña y clara, la planta de la villa concentra lo que conviene a un poblado. La “rotonda”, con su monumento al “Caleuche”, recuerda que aquí recalaba el barco embrujado. Un colorido cementerio mira al mar.

También la escuela, con un museo que cuenta cómo era la enseñanza antes de los años 60.

Yutuy es el oro total. Desde su costa, se ve —impresionista— la ciudad de Castro y su gigantesco mall. Si un viajero, desde Castro o Nercón, quiere llegar a Yutuy por mar y solo en 20 minutos, debe hablar con un lanchero. No olvidará ese viaje.

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