Arjuna Irsutti

Hace dos semanas Madonna publicó en su Instagram una foto de su mano donde luce un enorme anillo de brillantes con forma de pantera de José María Goñi. Y lo etiquetó.

En el Instagram del chileno, de 35 años, se pueden ver desde Irina Shayk modelando uno de sus collares hasta Anna Wintour, quien en la feria Lyla en Londres, en septiembre pasado, hizo videos de sus joyas para subir a Instagram y con quien hasta el día de hoy conversa de vez en cuando. A lado de Wintour, Hilary Alexander, emblemática experta en el mundo de la moda británica, quien le presentó mucha clientela.

Y la semana pasada, el diseñador recibió el Luxury Lifestyle Awards 2019, el premio que reconoce a las marcas de lujo en el mundo.

José María era el favorito de las celebrities en las alfombras rojas locales cuando decidió, hace tres años, instalar en Bangkok, Tailandia, su centro de operaciones. En su taller trabajan 12 personas de Tailandia, Italia, Francia y Laos. Cada una de sus joyas tarda desde dos a ocho meses en la elaboración. “En Tailandia se transan las mejores piedras del mundo, que vienen desde Tanzania, Afganistán, India, Brasil, África”, explica.

—Hay gente que dice que tus joyas emocionan.

—Me lo dicen mucho. Ponemos mucha alma y mucho amor en esto. Todo parte con un trozo de cera para el molde y el diseño cambia mucho hasta que nace. Como están hechas a mano, mis joyas parecen estar vivas. Transmiten algo.

—¿Cuál es la piedra más impresionante que has visto?

—La paraíba, que es una turmalina. Una piedra preciosa de color verde turquesa eléctrico, que brilla como un diamante. Es la más cara de todas las piedras. Hay algunas que llegan a costar 1 millón de dólares el quilate. Es que este mundo de las piedras y las joyas es súper irreal; los precios los maneja el mercado y si alguien que los paga, comienzan a subir.

—¿Cuánto pueden llegar a pagar tus clientas por una de tus joyas?

—No me gusta hablar de precios cuando hablo de mi trabajo. Si quieres hacerte una idea, te podría decir que una joya puede costar lo mismo que un departamento de tres dormitorios con vista al mar. La gente paga por la experiencia y por el diseñador. Y por cierto, por la materia prima, porque uno invierte mucho dinero en hacer una joya. Hay que saber cómo hacer que se vea carísima, más allá de las piedras, jugar a la elegancia y hacerla una pieza única en el mundo. Es una pieza de arte.

El impulso de Las Vegas

El año pasado entró a la exclusiva feria Couture de Las Vegas, donde lo invitaron a tener su propio stand en el Hong Kong Jewerly Show, una de las ferias más importantes de alta joyería del mundo, la misma que él visitó como público unas 20 veces antes. Fue elegido para estar en el salón Grand Hall, algo así como la zona VIP. “Para entrar ahí tienes que tener una tarjeta VIP, que solo tiene gente que compra sobre 5 millones de dólares al año”, relata. Y fue en Las Vegas que conoció también a la dueña de D'Orazio & Associates, influyente agencia que mueve 55 marcas de lujo por año. Lo invitó a ser parte de su catálogo, previo pago de 180 mil dólares al año. “Yo le dije que muchas gracias por fijarse en mí, pero que no tengo esa plata. Y la que tengo la ocupo en invertir en ferias y en mis propias colecciones”.

Ella lo invitó a cenar y al poco tiempo lo llamó para invitarlo al showroom de la gala del MET. José María llegó con 60 piezas a un búnker de alta seguridad, al lado de marcas que llegaban con 500 o 800 piezas cada una. “Era impresionante cómo se peleaban para estar en los cuellos de las famosas. Uno de ellos, con un diamante de 85 millones de dólares”.

Hollywood reporter celebró el collar de Goñi que eligió Lilly Singh, celebridad india que tiene casi 9 millones de seguidores en Instagram. Fue ahí que lo vio el stylist de Madonna. “Me llamó la directora de la agencia para contarme que él eligió solo 4 piezas de todas las que estaban exhibidas. Y las cuatro eran mías. Estaba impresionada”, relata José María. “Finalmente, Madonna no fue a la gala, pero me llamaron para pedirme mi Instagram porque a ella le encantaron mis anillos y me quería etiquetar. Quiso quedarse con dos, pero le quedaban grandes. Me preguntaron si podía ir a su casa a tomarle las medidas. Quería conocerme”.

—¿Cómo fue llegar al departamento de Madonna en Nueva York?

—Para entrar no podía llevar cámaras, audífonos, ni celular. Estaba lleno de guardaespaldas. Mira, les faltó abrirme la boca (risas). Ella salió en una bata de seda, 15 minutos después, me dijo que le encantó mi trabajo, que yo era un artista. Vimos los anillos. Me tomé un vaso de agua, conversamos y me fui. O sea, ¿a quién le pongo las joyas ahora? Después de Madonna, tendría que llegar a la reina Isabel (risas). Es un premio al esfuerzo en todos los años, a todas las alegrías y tristezas.

“Me hicieron bullying porque yo era un niño diferente”

José María mantiene clientas chilenas, algunas que lo van a ver al lugar del mundo donde él este para comprar una pieza. Cecilia Bolocco fue su clienta en Chile. “Ella compró un par de joyas mías y Pepo (José Patricio Daire) le regaló otras. Pero son muy pocas las que tengo en Chile. Pocas, pero buenas”, cuenta Goñi.

El grueso de sus clientes son extranjeros. Europa, Asia, Rusia, algunas de la familia real de Malasia.

José María se crió con su madre, Viviana Tutera Hou, y sus hermanos mayores en una casona en La Reina alta. Y con su abuela, Harriette Hou Carrier —mitad francesa y mitad japonesa—, que coleccionaba joyas antiguas, las que remataba en Europa a cambio de monedas de oro. “Mi abuelo tenía minas de cobre. Yo me acuerdo de que yo jugaba mientras mi abuela tomaba té y limpiaba sus joyas”.

Su mamá es empresaria. “Ella ha sido siempre la que me apoya en todo, es muy inteligente y buena para los negocios. No tuve papá, se separaron cuando yo tenía 3 años. Ella siempre fue la superwoman. Este es un trabajo maravilloso, pero es una vida muy solitaria. Con ella hablo todos los días por teléfono. Es todo para mí”.

Estudió diseño textil en Argentina y luego ilustración, acuarela, gemología y brillantería en la universidad de la Sorbona, en Francia. Rápidamente consiguió exponer en la lujosa tienda parisina Le Bon Marché.

“Terminé Diseño y ya no me gustaba. Mi mamá me dio la idea de las joyas, porque tuve mi taller dos años en Buenos Aires, pero mis vestidos estaban llenos de cristales, lentejuelas y metales. La gente no los entendía en esos años. Siempre fui muy creativo, no tenía miedo a experimentar. Y en Francia se me abrieron las puertas del mundo, me empecé a enamorar de las joyas. Me acordé de mi abuela, porque cada vez que veía una piedra o un cristal comenzaba a vibrar.

—¿Y cómo eras en el colegio?

—Siempre tuve promedio 7 en arte. Pero era de promedio 5,5. En matemática me iba pésimo. En física y química, igual. Siempre supe que lo mío iba por el arte. Fue un niño muy distinto desde pequeño. Siempre fui muy estético, me gustaba pintar las paredes de mi habitación, hacer dibujos en todas partes. Y mi mamá me dejaba hacer todo porque siempre me dijo que yo iba a ser artista. Me impulsaba.

—Para un niño sensible, que disfrutaba más de pintar que de ir a jugar fútbol, no debe haber sido fácil.

—Lógico. Tuve una infancia súper triste en el colegio. Siempre me hicieron bullying porque yo era un niño diferente. Era bien lindo, y no es que me crea nada, pero llamarme José María y ser lindo era complicado. Había mucha envidia. Sufrí bastante. Pasé por 12 colegios. Mi mamá, como no me dejaba sufrir, veía que lo estaba pasando mal y me cambiaba. Y si no me gustaba, me ponía en otro. A los 11 años me mandó a EE.UU. y estuve hasta los 13 en Las Vegas. Ella me dio mucha seguridad, siempre. Yo me saco el sombrero.

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