Fue una derrota la que llevó a Camila Caram a decidirse por lo que más le gustaba hacer en su vida.

Lo dice a sus anchas, sentada en una terraza del Country Club de La Reina. La capitana de la selección femenina de hockey césped levantó la Copa de la Vendimia en Mendoza, Argentina, donde vencieron a Uruguay en la final.

Figura central de “Las Diablas”, da una larga mirada sobre la imponente extensión de pasto que la rodea y se siente orgullosa de próximos hitos como jugar los Panamericanos de este año en Lima y el gran desafío de llegar a los Juegos Olímpicos de 2020, en Tokio.

Aunque el hockey vive un momento de esplendor, con Chile ubicado en el lugar 16 del ranking mundial, la exalumna de The Grange School y titulada en Ingeniería Civil en la Universidad Católica tenía pavimentado un camino completamente diferente y mucho más seguro que su dedicación absoluta a un deporte que está lejos de ser profesional.

“Cuando salí de la universidad, en 2014, decidí irme a jugar afuera. Partí a Alemania, dos temporadas, al club Mannheimer, al sur de Frankfurt. Me pagaban, cubría los gastos, un poco de shopping y sería. Todos los partidos eran muy peleados y cualquiera te podía ganar. Como era la primera división, viajaba a Berlín, Hamburgo, a todas las ciudades para jugar. Era lo mismo que el fútbol, pero guardando la proporción de la plata que se mueve. Yo había sacado la carrera, había cumplido, vivía con mis papás, tenía todo cubierto. Pero cuando uno se pone a trabajar acá, full time, es imposible dedicarse al deporte, por la cantidad de entrenamientos, giras y viajes. No es viable hacer bien las dos cosas”, explica.

—¿En qué momento aparece esa decisión?

—Todo el año 2014 estuvimos preparándonos para los Panamericanos de 2015, en Toronto. En 2011 habíamos sacado medalla de bronce y queríamos repetirlo. Pero no la alcanzamos porque perdimos el tercer lugar contra Canadá, 1-0. Y fue bien dramático para nosotras, un bajón terrible. Tenía 25 años y pensé: “Debo dedicarle más tiempo, porque no fue suficiente”. Tuve que convencer al resto del equipo de que hiciera lo mismo. Era lo más difícil, cómo motivarlas, que se embarcaran en este sueño de llegar a los próximos Panamericanos, los Juegos Olímpicos y un Mundial. Tenemos las mismas dudas, hay que elegir: qué hago con mi carrera, ¿la pongo en pausa? ¿tengo hijos o no tengo hijos? Yo tomé mi decisión y luego, a fines del 2015, pasa algo clave, porque teníamos nuevo entrenador, que es Sergio “Cacho” Vigil (exentrenador de “Las Leonas” argentinas). Apenas llegó, en diciembre, se creía el cuento más que nosotros, que podíamos llegar a los Juegos Olímpicos.

—¿Estamos hablando de una generación especial?

–No sé, pero es un momento del hockey que está en crecimiento, que se juega en todas partes de Chile Este país tiene mucho potencial para el deporte. Las generaciones más chicas vienen súper bien.

—¿Qué pensaste al conocer a Vigil? Dicen que es el Marcelo Bielsa del hockey césped.

—Me pareció un personaje muy intenso. Muy convencido. Decía cosas de nosotras y no sabíamos que nos conocía tanto. “Las vengo viendo hace años y sé lo difícil que es jugar contra ustedes”, nos dijo.

—¿Cómo se nota la mayor exigencia?

—Antes de cada campeonato nos pone en todo tipo de situaciones, con objetivos claros, imaginándonos que estamos en ese partido, en esa final, y te hace sentir eso. Te pone desafíos. Nos pone en crisis.

—¿En crisis?

—Uf, de repente tira comentarios, no mala onda, pero nos provoca. Y una tiene que estar firme. Nos dice que somos malas. Pero pasa que al final una tiene que entrar a la cancha pensando que nos digan lo que nos digan, una debe entrar igual. Con el público en contra. O sea, hay que prepararse para poner foco en la cancha y rendir. Él es prácticamente un psicólogo y lee a una persona a los cinco minutos de conversar con ella. Te sacó la foto y sabe cuáles son tus debilidades, tus fortalezas. Muchas veces te va a exponer en los entrenamientos, en los partidos, con videos, mostrando tus jugadas malas frente al equipo. Y claro, como somos mujeres, a veces somos un poco sensibles, pero siempre deja muy en claro que todo lo que hace y dice es para que una mejore.

—¿A ti te pilló mal parada alguna vez?

—Muchas veces. Al principio, cuando comenzó decía: “yo no le tengo miedo a ninguna figurita del equipo, sea la capitana, sea la mejor”. Y él iba a exponer primero a las más importantes, aunque más adelante lo haría en forma pareja con todo el equipo. Ponía una jugada mía, por ejemplo, y decía: “esto es inaceptable, y una jugadora de tu nivel no puede hacer esto”. Y tú te quedas ahí. Duele, hiere el orgullo, porque están demostrando tu debilidad máxima a todas las jugadoras. Y antes, con otros entrenadores, nadie nos decía nada a las más grandes, a las titulares. “Cacho” te expone, pero siempre, siempre después te manda un mensajito para decirte que está a tu lado y que espera lo mejor de ti.

—Te dicen pitbull. ¿Por qué?

—Una cosa que me pica, entre comillas, es que tengo una competitividad interna que me hace pensar que nadie me puede pasar. Si alguien lo hace, voy a volver corriendo a muerte con todo, y eso puede ser peligroso, porque puede provocar una tarjeta, un foul. Es descontrol. Y él me dice: “tú tienes que estar siempre controlada, cuando te descontrolas, ahí perdemos a la Cami”. Cuando empiezo a correr por toda la cancha, me critica mucho. Tiene un escáner de cada una, sabe sus debilidades dentro y fuera de la cancha.

“Los papás te inculcan el estereotipo”

—¿Cómo vives en lo personal el sentimiento colectivo del movimiento feminista?

—Este es un momento para empoderar a la mujer y que haga lo que quiera. Si quiere ser deportista, que sea deportista. Si quiere elegir ser mamá, que elija ser mamá. A las mujeres se las encasilla mucho en la imagen de la mamá, de la casa. La mujer debe hacer lo que quiera. En mi caso, ser deportista y que nadie te mire con cara rara y te diga “cómo se te ocurre”. Siempre hay gente que te mira y te dice: “qué has hecho, saliste de la universidad y no has trabajado”. No lo entienden hasta que empiezan a ver tu pasión por el deporte. Y uno podría decir: “bueno, tú has estado trabajando todos estos años en tal empresa, pero no te veo tan apasionada por lo que estás haciendo”. Yo voy a entrenar a la hora que sea, y me imagino si a esa persona le dicen, anda a trabajar a las 6 de la mañana, nica. A mí me lo dicen y lo hago.

—¿Conversan estos temas en el equipo, la libertad de la mujer?

—Tenemos todo tipo de compañeras en el equipo. Nos pasa al final que son los papás los que te inculcan el estereotipo o esa sensación de que tienes ir a clases, que tienes que terminar tu carrera lo antes posible. Pero, ¿por qué? Nosotras nos empezamos a cuestionar esas cosas. A mí me ha tocado liderar porque desde que tomé esa decisión, en 2015, no iba a ser la única, porque de qué sirve: esto es un deporte colectivo. “Cacho” también exige darle prioridad al hockey. Si no haces algo distinto no vas a lograr algo distinto.

—¿Entran los pololos, los novios en esta conversación?

—Sí, de todo. Pololos, novios, maridos. Lo más difícil es convencer a una amiga de que su marido le está exigiendo algo que no debería.

—Sonará curioso, pero ¿los hombres se sienten discriminados en el hockey?

—Sí, se han sentido discriminados. Principalmente cuando llegó “Cachito”, porque era un entrenador de primer nivel, de una gran potencia, y vino por nosotras. El hockey parece un deporte más de mujer, pero a nivel mundial, el de hombres es más importante, más entretenido, más rápido, más vistoso. En cantidad, acá son muchas más las mujeres. De hecho, el de hombres está decayendo. Pero se está tratando de masificar, y en el sur, Concepción, Temuco, hay más jugadores. Lo que pasa es que en Chile es todo fútbol. Y en colegios británicos, el rugby. Pero eso está cambiando.

“No puede ser tan tan buena”

—Luciana Aymar está hace tiempo en Chile por su relación con Fernando González. ¿Ha sido un aporte para el hockey chileno tener cerca a una de las mejores jugadoras de la historia?

—No tanto en realidad. Ella es cien por ciento argentina, como es lógico. Es cercana a “Cachito”, jugó con nosotras, ha tenido una charla, ha hecho clínicas, pero ser influencia, no. Igual quiere que nos vaya bien, nos manda mensajes antes de los partidos. Pero también la vemos como rival porque nos tocó jugar contra ella.

—¿Cómo es jugar contra una leyenda de este deporte?

—Tiene un buen equilibrio entre la parte física y la técnica, la habilidad. Te engaña completamente. Yo soy defensa y cuando me tocaba defender con ella, si acercabas mucho, te ponía la pelota en los pies, o sea, se hacía una falta. Y si te alejabas, te ganaba en velocidad, tenía así unas piernas. Si estabas al medio, podía hacer cualquier cosa. Ella nos contaba que leía al defensa, leía cómo tenía los pies. Si los tenía paralelos, hacía algo y dribleaba. Si tirabas el palo, te levantaba la pelota y pasaba por el lado. Todos los gestos que hacía la defensa ella sabía cómo resolverlos. Estaba pensando en la cancha y reaccionaba. La mayoría corre con la cabeza agachada y ella veía toda la cancha. Podía haber jugado sola, pero necesitaba a las compañeras para amagar o dar pases. Aunque muchas veces no daba pases y se pasaba a cuatro. Todas las situaciones las resolvía y rápidamente.

—¿Qué pasó la primera vez que jugaste contra ella?

–Uf, tú decís: no puede ser tan tan buena. Pero en la cancha la cosa se empareja. Porque esto es un juego.

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