Una vez conquistada Lima por parte del Ejército de Operaciones del Norte chileno durante la Guerra del Pacífico, comenzó la segunda etapa, durante la cual se llevaron a cabo varias expediciones militares a la sierra peruana. Se trató de una guerra irregular, en la cual las tropas chilenas debieron lidiar no solo con sus pares peruanos, sino que también con la misma población serrana y con un ambiente natural muy adverso. En el contexto de la segunda de esas expediciones hacia el interior del Perú —comandada por el coronel Estanislao del Canto— tuvo lugar el glorioso combate de La Concepción (…).

(El coronel peruano Juan Gastó estaba) en San Gerónimo con tres columnas irregulares disponía de 6oo hombres de línea uniformados y bien equipados (…), más 1.500 guerrilleros comandados por los tenientes coroneles Domingo Cabrera, Justo Segura y Ambrosio Salazar (…).

Se dirigió a las alturas de Apata, lugar intermedio entre Jauja y Concepción para recabar información y atacar la más débil. Sus paisanos le informaron que una compañía (chilena) defendía a Jauja; que los 200 enfermos llegados en acémilas y burros con sus armas y municiones podían batirse (…).

En cambio, la guarnición de Concepción se componía de 77 plazas del Chacabuco, incluyendo oficiales y carecía de caballería y artillería.

El coronel Gastó resolvió entonces dejarse caer sobre Concepción (…). Antes de romper los fuegos, el coronel Gastó envió al jefe de la plaza esta importante comunicación:

“Al jefe de la guarnición chilena de Concepción. Presente. Contando como Ud. ve con fuerzas muy superiores en número a las que Ud. tiene bajo su mando, y deseando evitar una lucha a todas luces imposible, intimo a Ud. rendición incondicional de sus fuerzas, previniéndole que en caso contrario serán ellas tratadas con todo el rigor de la guerra. Dios guarde a Ud. Juan Gastó”.

En el papel blanco sobrante del mismo oficio anterior, Carrera contestó: “En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos, existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, el general José Manuel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá Ud. que ni como chileno, ni como descendiente de aquel deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a Ud. I. Carrera Pinto”.

Concepción era en aquella época una población de 4.000 habitantes agrupados alrededor de la plaza, en cuatro manzanas dobles. Numerosos callejones cortaban los campos aledaños, cultivados con esmero. En la plaza se encontraba la iglesia, el cuartel de adobe con techo de teja, y varias casas de comercio y de vecinos adinerados (…).

El cuartel ocupaba el centro del costado oriente de la plaza, en las casas del curato amplias y cómodas, que servían de alojamiento a la compañía (…).

La población permanecía tranquila, más bien triste. Aunque era domingo, concurrió poca gente a misa. Las principales familias salieron temprano en peregrinación a Ocopa, a seis kilómetros de distancia al N. E. (…). Un comerciante francés de Huancayo que se dirigía a Lima, al presentar su pasaporte para ser visado, comunicó al capitán que en la noche iba a ser atacado.

El capitán tenía la tropa acuartelada y lista para la marcha según órdenes recibidas del coronel Del Canto. Hacía bastante frío, originado por el viento de la cordillera nevada; no obstante, varios grupos de jóvenes alternaban en la plaza sin que nada presagiara la tempestad. La presentación del enemigo en los cerros tuvo lugar a las 2 PM y el combate empezó a las 2:30 por iniciativa de Gastó.

No hay relación alguna de testigo ocular chileno; las noticias que se conocen las obtuvieron nuestros oficiales en la tarde de la acción, cuando el sacrificio estaba consumado. Presenciaron el combate y dieron noticias más o menos concordantes: El doctor francés Luis Journés, residente en la ciudad, fue víctima de los desmanes de la indiada ebria, entregada al pillaje apenas cesaron los fuegos (…); el médico peruano Ramón Vello (…); los comerciantes alemanes Schaff y Krignes, que se ocultaron a tiempo; el comerciante italiano Gamba que, viendo su negocio invadido por soldados armados, se refugió en un lugar dominante desde cuyo escondite presencio todas las peripecias del drama; el teniente coronel Lago de uno de los cuerpos de línea que relató los hechos al ayudante del general Manuel Horta, periodista y corresponsal.

Todas las relaciones concuerdan en los puntos capitales.

Ignacio Carrera Pinto, recién ascendido a capitán , guarnecía la ciudad con 72 hombres del Chacabuco, un soldado agregado del Lautaro y tres oficiales. No toda la tropa se hallaba en estado de servicio (…); once efectivos, entre ellos el subteniente Julio Montt Salamanca, se encontraban exentos del servicio (…) enviados allí para convalecer del tifus.

El capitán Carrera dispuso en las cuatro bocacalles sendos pelotones, destinados a impedir el acceso a la plaza. Una pequeña reserva quedó de guardia en el cuartel.

La tropa de línea de Gastó, vestida de blanco, formó en batalla, dominando el cuartel desde el cerro del León; rompió los fuegos de mampuesto, (…) la indiada inundó las calles en dirección a la plaza.

El enemigo avanzó confiado en la seguridad de la victoria. Una descarga cerrada detuvo sus ímpetus; y siguieron otra y otra (…); los piquetes de línea retrocedieron mientras los indios disparaban dando alaridos.

Gastó envió nuevos asaltantes en grupos compactos (…). Tras otras descargas los atacantes vacilaron y se detuvieron. Carrera ordenó un ataque a la bayoneta que despejó el campo. En tales circunstancias, su gente recibió nutrido fuego por la espalda y flancos desde las casas ocupadas por la tropa de línea.

La situación se tornó crítica; muchos habitantes que brindaban amistad a los oficiales chilenos ahora les hacían fuego desde azoteas y balcones.

Carrera ordenó levantar los heridos, y se replegó (…).

La indiada, en gran parte ebria pues los vecinos le proporcionaban licor o se lo procuró saqueando las pulperías, ocupó la plaza lanzando gritos salvajes de muerte y exterminio.

Cuatro descargas cerradas vomitaban el plomo desde las ventanas del cuartel; los atacantes volvieron caras, presos de un terror supersticioso arrastrando a la tropa de línea y en un momento la plaza quedó desierta.

El capitán Carrera creyó que la repentina fuga del enemigo se debía a la llegada de refuerzos por el camino de Huancayo (…). Tomó la ofensiva a la cabeza de una veintena de sus soldados.

Los efectivos de los batallones Pucará, comandante Ponce de León, y del Ayacucho, comandante Pedro José Carrión parapetados en las casas vecinas lo acribillaron a balazos por lo que se retiró al cuartel. Una bala le atravesó un brazo; la fuerza del proyectil le arrojó al suelo; sus soldados lo levantaron y vendaron la herida. El capitán se repuso y (…) dio órdenes para continuar la resistencia (…).

Aprovechando la obscuridad de la noche, Gastó atacó con la tropa de línea las torres de la iglesia para dominar con sus tiros el patio del cuartel (…).

Algunos paisanos conocedores de las casas vecinas guiaron a los atacantes por el interior de las habitaciones, derribando murallas a golpe de chuzo. De esta manera, quedaron a pared por medio del patio. Grupos de vecinos arrojaban desde los techos de los edificios colindantes tarros llenos de parafina con teas encendidas sobre el techo de las cuadras; pronto la ciudad se iluminó con enormes llamaradas (…).

El incendio abrasó el edificio; el calor se hizo insoportable. Carrera formó la gente hábil para una salida, para morir matando. Hizo sacar a los heridos hasta el portón principal. Las tres mujeres que acompañaban la expedición arrastraron a los más decaídos para evitarles morir quemados (…) bajo la lluvia de proyectiles que caía de las torres de la iglesia. Una de ellas cargaba un niñito de cinco años, y otra acababa de dar a luz un bebé (…).

Carrera se puso a la cabeza de los sobrevivientes. “A morir por la patria muchachos. A la bayoneta” dijo, y el pelotón cargó sobre la muchedumbre.

A la luz del incendio y entre lanzas y bayonetas que se cruzaban relumbraba su sable; cayó enfurecido sobre el enemigo, cada vez más compacto. Por fin, una bala de fusil derribó al heroico capitán, herido en mitad del corazón.

Los sobrevivientes retrogradaron hasta el cuartel. El subteniente Julio Montt Salamanca tomó el mando ¡y en qué circunstancias!

Sitiado por las llamas que se tragaban el edificio recibió los certeros disparos de las torres de la iglesia, los ataques de arma blanca que penetraban por forados interiores, en tanto la avalancha desde la plaza amagaba la puerta de entrada.

El nuevo comandante, joven de 18 años, hizo honor a su capitán. Murió dando frente al enemigo, en las puertas del edificio (…).

Los chacabucos se acababan, pero el valor aumentaba. El subteniente Arturo Pérez Canto sostuvo la lucha hasta la claridad del día (…). Las municiones se habían acabado.

No era posible morir acorralados. El tercer comandante efectuó una nueva salida a las ocho de la mañana. Se peleaba con la desesperación del que juega el último instante de la vida, y cayó Pérez Canto.

El subteniente Luis Cruz Martínez asumió entonces el comando de los cuatro sobrevivientes, dos de ellos heridos. Muchachos, dijo Cruz a su reducida escolta, ahora nos toca a nosotros morir por la patria. De frente, ¡mar!

Y apareció en la plaza, sable en mano, a la cabeza de sus cuatro compañeros, bayoneta calada.

Profundo silencio.

Testigos aseguran que varios oficiales le gritaron que se entregara. Una señora clama desde el balcón del lado gritaba: ¡Ríndete, hijito!

Cruz, saludándola con la espada, contestó: los chilenos no se rinden; y volviéndose a sus soldados, les ordenó: ¡A la bayoneta! y los cinco cargaron sobre mil quinientos enemigos que llenaban la plaza.

La 4ª se acabó y con ella se consumió entre las llamas la bandera que flameaba en la puerta del cuartel.

La indiada, ebria de aguardiente y de sangre, se entregó a los más vergonzosos y degradantes actos de salvajismo que el coronel Gastó no pudo reprimir, dado el furor de los montoneros. Siguiendo la tradición atávica, desnudaron los cadáveres, les descuartizaron y se repartieron los restos mutilados con repugnante ferocidad.

Las tres mujeres, arrastradas al medio de la plaza, sufrieron los horrores del desenfreno hasta que las acabaron con refinada crueldad, dejando sus cuerpos en posiciones indignas. El chico de cinco años descuartizado y la criatura recién nacida se balanceaban como trofeos en la punta de las lanzas.

No hay exageración alguna; son hechos. Las costumbres seculares de los indios no pueden borrarse en un momento, y menos cuando les embrutece el alcohol.

La División Del Canto marchaba tranquila a Concepción. Como a las tres y media de la tarde y muy cerca de la plaza, el comandante Pinto Agüero, que dirigía la punta de vanguardia, hizo que se adelantaran sus ayudantes el capitán Arturo Salcedo y el subteniente Luis Molina, a prevenir al capitán Carrera que preparase dieta para los enfermos.

A una legua de Concepción encontraron al comerciante de Huancayo Carlos Silvetti, quien les dio la noticia del combate (…).

La impotencia de vengarlos aumentó la indignación (…). Con respecto a los chilenos, los restos estaban dispersos, en revuelta confusión (…).

Aunque era general el deseo de conducir a Lima los restos de los oficiales, no era posible dado el estado de los cadáveres. El comandante Pinto Agüero dispuso que el cirujano Justo Pastor Merino extrajera los corazones de los héroes, para remitirlos a Chile, los que se colocaron en recipientes de vidrio encontrados en la botica (…).

Los restos, vestidos y encajonados recibieron honrosa sepultura al pie del altar mayor (…). Después se prendió fuego a la iglesia, cuyos escombros cayeron sobre las tumbas preservándolas de la profanación del enemigo.

Los despojos de los 73 mártires de tropa y de las tres mujeres reposaron en una profunda fosa, cavada junto a la testera exterior oriente de la iglesia, envueltos en blancos sudarios. No así los niños, cuyos cuerpecitos angelicales sirvieron de enseña en las lanzas de los salvajes (…).

Los corazones de los héroes se conservan en la Catedral de Santiago, donde los veteranos de la Guerra del Pacífico acuden todos los años a rendirles homenaje a sus compañeros.

Francisco Machuca participó en las cuatro campañas de la Guerra del Pacífico, tomando parte de numerosas batallas. Fue un oficial que supo combinar sus labores como militar y como corresponsal de guerra para los diarios “El Coquimbo”, de La Serena, y “El Nuevo Ferrocarril”, de Santiago. Su historia sobre la Guerra del Pacífico fue publicada originalmente durante la década de 1920 en cuatro tomos, lo que lo transforma en un testimonio de primera mano de los hechos que acontecieron durante esa larga campaña militar, especialmente en su vertiente castrense.

Noventa años después, la Academia de Historia Militar consideró relevante reeditar este texto, poniéndolo en conocimiento de una nueva generación, solicitándole al miembro de esta entidad, Rafael González Amaral, que resumiera el texto original, lo editara y actualizara el lenguaje original.

Precio referencial: $50.000

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