El estrecho sendero que —bajando al mar— bordeaba un cementerio, una iglesia y una veintena de casas (que ya no están) no desapareció. Más bien, en los últimos 30 años como que se diseminó por los aires. Hoy, el viajero que regresa solo ve el camposanto, el templo y una que otra casa…, aunque su magnitud intangible de pueblo —grande o chico— está intacta. Es que su iglesia —casi una escultura territorial— sigue enfrentada al mar y su gente desciende de los que lo habitaban en el siglo XVII.

Pareciera, aquí en Vilupulli, que una entidad urbana nada tiene que ver con lo cuantitativo. Un poblado también es lo que falta, lo que recordamos de él, sus huellas y sobre todo existe porque cautela las razones que se tuvieron para fundarlo.

A media hora al sur de Castro y a cinco minutos desde la Ruta 5 hacia el mar, aparece la primera señal de Vilupulli. Es la espigada torre del templo de San Antonio de Padua, un Monumento Nacional. El edificio impresiona: una alta fachada oscura montada sobre basas de ciprés y piedra. El frontón vestido de tejuelas de alerce y sostenido por seis pilares de sección redonda, unidos por arcos de medio punto. Dos tambores hacia lo alto y un chapitel octogonal, entejuelado, completan su altura de 22 metros. De largo tiene 28 y 12 de ancho. Además, implícita está la incógnita del por qué los chilotes construyeron —tan cercanos entre sí— tan grandes edificios en lugares tan pequeños.

Esta capilla fue lo primero que se alzó allí. A su alrededor se reunía la gente del territorio aledaño cada vez que se celebraba una fiesta religiosa en honor de las imágenes que los mismos vilupullanos construyeron. Hasta hoy posee unas 8, todas talladas y policromadas desde el canon de la Escuela Hispano Chilota de Santería, que sobreviven para la piedad local o el asombro de las visitas.

Crucifijos, Nuestra Señora de Gracia, una célebre Inmaculada, sentada, un San Antonio… son algunas de ellas.

Ya saliendo del templo se toma el único sendero que lleva al mar. Es muy corto, flanqueado por algunas casas. Casi al frente de la iglesia resalta un colorido cementerio. Está colapsado, pues es difícil caminar entre la densidad de sus tumbas. Los apellidos anotados en las lápidas coinciden con los que arrojan sus papeles histórico-coloniales, los de sus habitantes del siglo XX y los actuales de los niños y niñas de la escuela local que aparecen en tropel y llenan la calle. Son una profusión de Oyarzún, Vera, Andrade, Bórquez, Muñoz, Gómez, Ancagua y Cayún… que viven allí mismo o vienen de lugares cercanos como Los Petanes, Huitauque, Puina. De pronto todos desaparecen entre las colinas para que aparezca el mar, que es el horizonte de este único sendero ancestral.

Silencio para la Pincoya

De entre los recuerdos que su gente comparte sobresale la gran cantidad de molinos para el trigo que hubo allí. También un astillero en Huitauque, en donde José del Carmen Vera construyó lanchas y goletas.

Alguien rememora que a comienzos del siglo XX el poblado contenía unas 23 familias (no más que hoy) y que tras el terremoto de 1960 la cota de la construcción subió, pues también lo hizo el mar que inundó la orilla.

Un recuerdo que sobrecoge es el que habla de unos cinco corrales de pesca. Eran unos envaralados curvos, de madera, que se ponían en las cercanías del agua. Al subir y bajar de las mareas, en su interior quedaban atrapados un centenar de peces que se repartían de acuerdo al número de personas de cada familia. Lo que admira es que en esa faena, y la de mariscar, no se usaba nada de hierro; no se hablaba en voz alta, ni se discutía… pues hacerlo causaba el enojo de la Pincoya, la sirena que sembraba el océano.

Aun cuando el mar de Vilupulli hoy es lugar de cultivos marinos, con centenares de cuelgas de choritos, ese silencio permanece. No se ve gente y en su largo muelle no hay actividad, salvo la de los pacíficos cisnes que nadan a su alrededor. La marea bajando desvela una maravillosa y amplia playa limpia, de piedras negras, brillantes, resbaladizas. Mirando hacia atrás, el campo ondulado está sembrado de pastos, de ovejas y de algunas bandurrias. Hacia el norte está el promontorio de Quinched con su marina, y hacia el sur ya se ve el “desborde” de Chonchi, creciendo lentamente hacia la intimidad secular de Vilupulli, ¡una lástima! El regreso a Castro puede ser por una carretera interior y litoral que, pasando por Rauco, retorna a la Ruta 5, a la altura de Llicaldad.

Vilupulli es una bondadosa lección territorial. Enmarcada entre dos ya grandes ciudades —Castro y Chonchi— continúa señalando lo discretos y apacibles que fueron los poblados fundacionales chilotes del siglo XVI. También enseña una actual lección de humildad y de perseverancia sustentable: habiendo mar, un templo que ampare, niños y niñas alegres, se puede vivir bastante bien, por siempre.

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