Nunca pregunté, ni leí, ni escuché, sobre los significados de los colores en la bandera de Estados Unidos. Tampoco sé por qué están en la de Noruega”.

Todo el centro está lleno de banderas. Un maniquí en bikini rojo se apoya contra otro que usa bikini azul. Los dos sostienen entre la tela y sus caderas plásticas sendas banderitas noruegas. La plaza central de la ciudad está llena de flores azules, rojas y blancas. La bandera de nuevo. Los mismos colores sobre el barco vikingo que apareció ayer junto al lago de Festplassen. Blanco, azul y rojo en los tres países en los que he vivido, sobre todo, y primero, en el país del que soy. O del que vengo, que es lo mismo, o no, depende. Blanco, azul, rojo. La cordillera, el mar, ¿la sangre era? Nunca pregunté, ni leí, ni escuché, sobre los significados de los colores en la bandera de Estados Unidos. Tampoco sé por qué están en la de Noruega. Están. Ahí, en las flores, en las vitrinas, en los supermercados, en los vestidos que miro tratando de decidir cuál le compro a mi hija para los festejos de mañana, 17 de mayo, día nacional de Noruega. No quiero ni rojo, ni blanco, ni azul. No somos noruegos. El papá, mi esposo, argentino que trajo sus propios colores, que ahora también son nuestros. Ella, estadounidense, yo, chilena, otros rojos, azules y blancos. Iguales, pero tan distintos. De todas maneras, nunca me vestiría, ni la vestiría a ella, de bandera. Tampoco ella querría. De hecho, tuvimos que negociar para que aceptara ponerse vestido. Me han dicho que todas las niñas se ponen vestido para el 17, y tratando de evitar que sea la única con pantalones —al parecer va a ser la única en zapatillas y no quiero que se sienta tan fuera del tiesto— llegamos a un acuerdo. Vestido y lavarse el pelo antes de partir al desayuno. El día comienza con desayunos celebratorios por toda la ciudad. A nosotros nos esperan a las 9 en la casa de una familia noruega donde va a haber una pequeña multitud de gente. Empezamos tarde, las actividades oficiales comienzan a las 7 de la mañana, con cañonazos, campanadas en la catedral y el primer desfile del día. No sé si hay alguno militar. Lo más importante es, acá, lo civil. Desfilan las enfermeras, los médicos, los bomberos, las universidades, las escuelas. Todo el día, en realidad, gira en torno a las niñas y a los niños, sus escuelas, sus barrios. La comida típica para mañana: helados, completos, tortas. A destajo. Un exceso carnavalesco para una sociedad en la que se promueve que se coman cosas dulces solo los sábados. La fiesta se termina a las 11:15 de la noche con precisión nórdica y fuegos artificiales que miraremos desde nuestra casita en la montaña (Bergen es una ciudad de montañas y fiordos. O vives cerca del mar o en la montaña, no hay mucha alternativa).

Todo el país se viste con sus mejores trajes, que en la mayoría de los casos es el bunad, el traje tradicional, bordado a mano y que suele pasar de generación en generación. Aunque también los venden nuevos. Pueden costar hasta cinco millones y medio de pesos chilenos, pero existen alternativas más económicas. Llévese un bunad por 130 mil pesos. Me imagino que son para los extranjeros con ganas de asimilarse pronto o para los noruegos o noruegas que han perdido la herencia familiar o que han subido o bajado de peso o para los que tienen demasiados hijos o para los que han quedado al final de la cadena alimenticia de la socialdemocracia. En su defecto, ropa de fiesta.

Para mi hija escojo un enterito verde. Es short, pero casi parece falda. Lo veo hermoso y universal. Tiene una caída linda. Mi hija se lo prueba en cuanto llega del estadio. Fue con su papá y un grupo de amigas y amigos a ver un partido del Brann, el equipo de Bergen. Por eso el lavado de pelo ha quedado para mañana. Son más de las nueve a pesar de que brilla el sol por todo lo alto de la noche escandinava y mañana tenemos un día largo. En la tarde, mi hija va a cantar con todo su curso en el acto que inaugura la celebración del barrio. Después todos los niños desfilarán hasta la escuela donde habrá una fiesta de un par de horas. Mi hija estadounidense, chilena, argentina, habitante de Noruega hace diez meses, está feliz. Lleva una semana practicando la que ella llama “canción capital de Bergen”, además del himno de Noruega. Nos pidió que le compráramos una bandera en el supermercado y ayer estuvo dibujando banderitas con una amiga, hija de granadina con la que ayer, por primera vez, jugaron en noruego en vez de español. Nosotros escuchábamos desde el living, divertidos, intrigados, con un poco de miedo también. Esta es nuestra niña que escucha Violeta Parra, lee Mafalda, canta “This land is your land” y cualquiera de Imagine Dragons. La niña que tuvimos lejos y que hemos traído hasta acá y que ya habla una lengua que nosotros apenas balbuceamos. Tal vez el próximo 17 de mayo lo hablemos casi como ella. Tal vez el próximo año llevemos empanadas para el desayuno.

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Recientemente, Elige Educar dio a conocer su estudio “Análisis y proyección de la dotación docente en Chile” (2019), que plantea que nuestro país tendrá un déficit de más de 32 mil profesores hacia 2025. En parte esto se deberá a medidas positivas, como la menor cantidad de horas lectivas para los docentes y la exigencia de mayores puntajes para estudiar Pedagogía, que ha disminuido el número de estudiantes en esta carrera.

Es necesario enfrentar este eventual problema con decisión, para evitar la carencia de profesores y el consiguiente perjuicio para los niños y jóvenes. Adicionalmente, se requiere una información complementaria muy precisa sobre las áreas del conocimiento en las que existirá mayor carencia de profesionales, conocer adecuadamente la situación de cada una de las regiones e incluso las ciudades, y actualizar la información anualmente para comprobar si la proyección es correcta o bien el déficit se amplía o disminuye. Esto último podría ocurrir tomando las medidas adecuadas y oportunas.

Para superar las dificultades y asegurar una enseñanza escolar de calidad se requiere un trabajo conjunto entre el Ministerio de Educación y las universidades, especialmente las regionales. Esto podría sumarse a las propuestas elaboradas por Elige Educar, entre las cuales destaca ampliar las opciones de financiamiento mediante becas y los incentivos para los profesionales en contextos vulnerables. Nuestra universidad se encuentra en una zona extrema, por lo que el robustecimiento de las carreras de Pedagogía significaría un desarrollo integral de la región.

Las universidades han ido elevando los puntajes de admisión, pero la realidad social y las perspectivas profesionales todavía hacen preferibles otras carreras. Es urgente perfeccionar los incentivos de las becas, quizá adecuando los puntajes y mejorando los sueldos o beneficios para el egreso, que permitirán a muchos jóvenes dar el paso decisivo para consolidar sus vocaciones. Por otro lado, es posible atraer a profesionales que opten por la educación con una carrera previa, para lo cual sería necesario crear programas más breves, pero exigentes. Debe existir una decisión nacional y una disponibilidad institucional para superar las dificultades y enfrentar los desafíos con la certeza de que la educación es uno de los pilares del desarrollo nacional y uno de los principales motores de movilidad social.

Dr. Emilio Rodríguez Ponce

Rector, U. de Tarapacá

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