¿Por qué se ganó la guerra del Pacífico? Esta pregunta sin lugar a dudas ha estado presente en la memoria de muchas generaciones de biógrafos, historiadores, políticos y militares, y en la actualidad, también en la pluma de novelistas y periodistas.

El estudio de la Guerra del Pacífico ha generado un importante número de publicaciones, siendo quizás, una de las bibliografías más extensas y variadas de nuestra historiografía. Comenzando por sus orígenes más profundos y lejanos en el tiempo, las causas cercanas, los detonantes de la contienda, hasta una extensa diversidad y número de estudios sobre las distintas campañas de la guerra, las grandes batallas, los ilustres oficiales del Ejército y Armada, incluidas todas las acciones de combate tanto terrestres como marítimas. Pero es curioso constatar que no existen publicaciones actuales que respondan a la cuestión expuesta: ¿Por qué Chile obtuvo la victoria en la Guerra del Pacífico?

La respuesta no es fácil, ya que no es única. Es la combinación y suma de factores que provocan la victoria chilena. Algunos de los aspectos que este libro analiza en profundidad son:

La política y gobernabilidad de cada uno de los países: Es uno de los factores que permiten comprender el triunfo chileno en la confrontación, diferenciándose la estabilidad política de los problemas de organización y consolidación de un proyecto único nacional. Solo por ejemplificar: Entre 1841 y 1886, Chile tuvo 6 presidentes, Bolivia 18 y Perú, asombrosamente, 40 mandatarios.

Las comunicaciones: Sean estas por ferrocarril, telégrafo o barco, siendo la ruta marítima el principal y más rápido medio de transporte de grandes volúmenes de carga por las costas del Pacífico.

Comparación en el plano militar: Resulta fundamental, y cómo no, si en esta confrontación los pequeños y mal preparados cuerpos militares de los tres estados involucrados pasaron a movilizar, voluntaria o involuntariamente, a más de 150.000 soldados. Así entonces, no es de extrañar que se realice una comparación de fuerzas, capacidades armamentistas, tanto terrestres como navales, en caso de poseerlas, y ponerlas al servicio del esfuerzo bélico.

Finalmente, y tal vez uno de los aspectos que más pueden llamar la atención del lector, son los aspectos sociales y culturales en torno a la población de los tres beligerantes. En efecto, la discusión acerca de la idea de la “raza” como un componente distintivo en la concreción del objetivo nacional. Para ello, se pone en el debate a la historiografía más tradicional que hace referencia a la idea de una condición superior del chileno.

Es curioso observar que varios autores chilenos, sobre todo los de principios del siglo XX, afirmen que el factor primordial por el cual se logró la victoria en la Guerra del Pacífico fue la “superioridad de la raza chilena”, en total desmedro de una “raza inferior” según fue tildada la peruana y boliviana. Esto en razón que la “raza chilena” no solo era más “gallarda y belicosa”, sino además de superior en inteligencia. Luego nos encontramos con el texto “Raza Chilena: libro escrito por un chileno y para los chilenos” (1904), del médico y veterano de la Guerra del Pacífico Nicolás Palacios, en que afirma que esta “raza” es producto del cruce entre padres godos (pueblo español de origen germánico) y madres araucanas, señalando que esta comprende “desde el roto de fisonomía araucana, al parecer pura, hasta el roto rubio de aspecto germano bien marcado”. Francisco Antonio Encina va aun más lejos al afirmar que no solo la mezcla de una raza superior (españoles) con una inferior (mapuches) arrojan como resultado la raza chilena, sino que en general, la mixtura de sangres condiciona el comportamiento social y político de las personas.

Pero no solo algunos autores chilenos pensaban de esa manera sobre este tema. El historiador italiano Tomás Caivano, avecindado por un largo tiempo en El Callao (Perú), también suscribe estas teorías, y en referencia al indio altiplánico dice que luego de habérseles declarado libres: “… De hecho permaneció entonces y permanece ahora mismo en estado de barbarie y es enemigo de toda civilización y de la sociedad en que vive, como durante el régimen colonial de España. Pero aún hay algo peor: el indio o indígena —que no sabe y no quiere aprender el idioma que le hablan las razas blancas y mestiza: el castellano y que, aun cuando por casualidad lo aprende, finge no conocerlo— permanece excluido, no solo del ejercicio de cualquier cargo público, sino hasta del servicio militar”.

La definición de “raza” en el mundo decimonónico responde al concepto del darwinismo social desarrollado durante el siglo XIX y que tenía como emblema la superioridad civilizadora europea, la que era imitada por las élites sociales de la época.

Es que esta ideologización del concepto de “raza superior” y “raza inferior” presentado por los autores individualizados intenta explicar, de alguna manera, el comportamiento de un determinado grupo sociocultural durante la Guerra del Pacífico y dar razón de cómo esta conducta fue determinante para el resultado de los hechos de armas. Se la hace aparecer como si fuera un factor preponderante en la resolución de lo que se podría llamar “choque racial” y, en consecuencia, motivando a los autores chilenos para dejar ver que la victoria en las batallas son porque la superioridad de la “raza chilena” no dejaba otra alternativa. Por consecuencia lógica, los soldados aliados de Perú y Bolivia pertenecerían a la “raza inferior”, permanentemente condenada ser vencida.

Si es que pueden definirse en este contexto, las “razas humanas” no son solo la paridad morfológica de genotipo y fenotipo, ya que por sí mismas no conformarían una “raza”, sino una etnia, puesto que a los factores netamente genéticos hay que agregar una serie de variables influyentes y condicionantes socioculturales y religiosas en los individuos que, al final, son más importantes en la formación del carácter de los pueblos, considerando estos factores exógenos más decisivos que su carga genética y son los que en definitiva determinan la identidad. Es lo que se ha denominado el ethos, que por definición es un: “Conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad”. Son, en lo fundamental, estas condiciones las que hacen la diferencia y no un conjunto biogenético alineado u ordenado de alguna manera.

Por tanto, sostener y asegurar a estas alturas del siglo XXI que la “raza chilena” era genéticamente superior a las “razas” peruanas y bolivianas, y que debido a ese elemento Chile obtuvo la victoria en la Guerra del Pacífico, no solo es impresentable, sino además absurdo.

Dicho lo anterior, la pregunta sobre el mejor desempeño del soldado chileno es válida, considerando que el grueso del contingente de los ejércitos en conflicto lo formaron civiles convertidos a soldados: unos por el llamado de la Patria y otros porque fueron enrolados en forma no tan voluntaria. Es así como Bolivia aumenta la cantidad de hombres en armas de 3.010 iniciales a más de 6.800 (126%) hasta la Campaña de Tarapacá; Perú comienza con 8.346 soldados y para enero de 1881 su Ejército ya estaba compuesto por 31.000 (271%); Chile acrecienta desde los 2.975 hombres a 42.446 (1.326%) para la misma fecha.

El aumento de hombres en armas por cada país es sustantivo, sobre todo cuando a este contingente novato había que entrenarlo, alimentarlo, armarlo y vestirlo: habla de un esfuerzo económico y social muy importante y, por cierto, acotado a un período de solo 24 meses.

Para obtener estos altos índices de reclutamiento, los encargados del “enganche” obligado, sobre todo en Bolivia y Perú, hicieron su labor y será hasta la Campaña de Lima que el civil chileno se presenta voluntariamente, prácticamente en un 90% de las ocasiones, a llenar las filas del Ejército.

Este gran reclutamiento de civiles trae aparejado un problema no menor, el cual es convencer a este contingente novato de que la razón por la cual tiene que luchar, y a veces dar su vida, es justa, correcta y honorable.

En el caso boliviano, fue recurrente el reclutamiento de los habitantes del altiplano, es decir, desde las zonas de gran concentración aborigen y quizás miembros de las clases más bajas de la sociedad de ese país, pero donde habitaba una cantidad enorme de sujetos susceptibles de ser convertidos en soldados. Sin embargo, esto planteó un desafío de proporciones, porque estos individuos presentaban características únicas. En principio, había un problema lingüístico no menor, ya que el español era una lengua en la práctica desconocida para ellos, dado que solo hablaban aimara. Esto les obligó a aprender de memoria las voces de mando de los oficiales, mientras para los oficiales era en extremo difícil hacerse entender o dar instrucciones específicas a soldados. Al ser este contingente analfabeto, malamente se les podía enseñar el manejo del arma con manuales escritos o sin imágenes claras.

Sabemos que los indios altiplánicos eran demasiado apegados a su terruño, a sus raíces, a su cultura ancestral. Su entorno sociocultural estaba dado por su hábitat, por lo que sería correcto pensar que la gran mayoría de ellos no tenía claro el concepto de Estado, sino más bien el de Nación Cultural. Bajo ese prisma, hacerlos bajar desde las alturas del altiplano, de la cordillera, hasta un árido y caluroso desierto, para luchar contra los que le quitaron “el mar” —siendo muy probable que ni siquiera supieran lo que era eso— siguiendo una bandera de colores verde-amarillo-rojo diciéndoles que era la de ellos, pero que a la realidad de sus ojos no los representaba, tiene que haber sido extremadamente confuso y no les debe haber hecho mucho sentido.

Después de las penurias del camino, juntan a nuestro indio altiplánico con otro grupo de gentes, de fisonomías parecidas, pero que hablan otro idioma —el quechua—, que siguen otra bandera roja-blanca-roja y a los que les dicen que ambos deben ser amigos. Para seguir con sus tribulaciones y angustias, en ese ambiente arenoso, seco y caluroso, tan diferente de su entorno natural, debe enfrentarse a balazos y cuchillo con otros soldados, vestidos de forma totalmente distinta, que en nada se parecen a él, y que siguen una tercera bandera azul-blanco-rojo, y que tienen el lenguaje de sus jefes, el español. En esa situación, ante tanta incertidumbre, tribulaciones, ansiedades y miedos, sin duda tiene que haberse preguntado: ¿por qué estoy luchando? Y al no encontrar una respuesta satisfactoria, no es raro ni criticable que nuestro indio boliviano haya decidido volver a su tierra que ama y extraña.

El caso peruano es un tanto distinto durante la Campaña de Tarapacá, ya que la conformación del Ejército del Sur estaba hecha sobre una base de soldados profesionales que llevaban ya un tiempo sirviendo en los distintos batallones y, por tanto, instruidos en la vida militar y en el manejo del arma. También debemos destacar que las constantes asonadas militares en el Perú habían dejado una importante cantidad de milicia cívica o bien una reserva sedentaria de hombres con alguna experiencia militar. El aumento en el contingente hasta antes de la batalla de Lima puede explicarse por una mayor proporción de enrolamiento de hombres de las zonas costeras del centro-sur peruano y de los valles transversales de ese país, en contra del método de usar al indio serrano para cubrir las plazas de los batallones, ya que las diferencias lingüísticas, culturales y las grandes distancias geográficas conspiraron para que los nativos andinos peruanos tuvieran una meridiana claridad de los conceptos Nación-Estado-País.

Pero el civil convertido en soldado, tal vez influenciado por los innumerables alzamientos político-militares ya mencionados, seguía a un caudillo, a un líder que fuese capaz de guiarlos en la batalla, y si ese cabecilla llegaba a morir, el soldado peruano se quedaba sin saber qué hacer, puesto que en general tenía poca o nula iniciativa, siendo lo más lógico dar media vuelta y retirarse del campo de batalla hacia algún lugar seguro. También advertimos esa actitud cuando una gran cantidad de sus camaradas morían o quedaban heridos, o bien cuando la lucha se tornaba desagradablemente sangrienta, siendo algo que tiene notables y valerosas excepciones.

Pero esta conducta hacia y en la guerra tiene un cambio radical durante la tristemente célebre Campaña de la Sierra (1881-1883), cuando el conflicto toca la puerta de la casa del indio serrano. En aquel período, el poblador autóctono ya no defendía al Perú en el concepto Estado-País, sino que ante el invasor defendía su comarca, su familia, sus pertenencias y bienes, en definitiva, su Nación. Y lo hizo con determinación y valentía que no habían sido demostradas antes.

Mucho se ha escrito acerca de la atrocidad y barbarie con que actuaban los indios serranos, el grueso de quienes llenaban las filas de las montoneras, sea cortando cabezas para ensartarlas en las puntas de las lanzas y/o desmembrando los cuerpos de sus enemigos, inclusive llegando a sugerir probables actos de canibalismo. Este comportamiento tiene mucho que ver con su acervo cultural, repitiendo lo que había sido traspasado desde sus ancestros incas, que antes y después de las batallas llevaba a cabo los mismos rituales a modo de amedrentamiento hacia el enemigo.

A diferencia del soldado aliado, el civil chileno convertido en soldado tenía mucho más claro el concepto Nación-Estado-País, como lo expresa un genuino representante del Chile profundo de la época, el campesino Hipólito Gutiérrez, cuando va a la ciudad de Chillán para enrolarse en el batallón del mismo nombre:

“… Nos convidamos dos amigos y compadres vivientes en Colton, subdelegación de Bulnes, jóvenes de un mismo tiempo, vivientes muy vecinos. Nos fuimos para Chillán a prestar nuestro servicio al Gobierno, con nuestro entero gusto, para ir para el norte, a Lima, a defender nuestra Patria hasta morir o vencer por nuestra bandera chilena”.

Para la gran mayoría de la población, “nuestra bandera chilena”, conforme nos dice Hipólito Gutiérrez, representaba en sí misma el concepto Patria, logrando que la tropa pudiese percibir representados sus sentimientos de pertenencia, sentirse identificados por aquel único ícono como una sola entidad.

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