Marcelo Sánchez Fundación San Carlos de Maipo

Los contratos de impacto social son instrumentos financieros que promueven la inversión privada en la solución de problemas públicos. En Chile se están implementando, por primera vez, en 11 establecimientos educacionales de Estación Central, de la mano del Programa Primero Lee, de Fundación Crecer Con Todos.

Este programa de lectoescritura ha demostrado, en casi una década, evidencia de sus beneficios para miles de estudiantes de contextos vulnerables, de prekínder a 4° básico, con estrategias innovadoras e interactivas articuladas en el currículo regular. La iniciativa ha sido posible gracias a las fundaciones Colunga, Viento Sur, Larraín Vial, Mustakis y Cristoph Schiess, que actúan como pagadores finales, y la plataforma de inversiones Doble Impacto, que levanta los capitales requeridos. La gestión del contrato está a cargo de Fundación San Carlos de Maipo, con el apoyo técnico de Social Finance, entidad inglesa creadora y líder de la gestión de bonos de impacto social en el mundo.

Este primer contrato, junto con implementar un programa de calidad, busca levantar un modelo de aprendizaje para la estructuración e implementación de este instrumento, ya que requiere de un ecosistema que incorpora diversos actores (como los evaluadores que garantizan el cumplimiento de los resultados). Estos contratos no solo permiten mover recursos desde el sector privado. También traen al corazón de la política pública aquello que está en los márgenes y permiten innovar y mejorar la gestión, a fin de lograr ahorros para las prioridades sociales más urgentes.

Hoy existen importantes grupos de población que no cuentan con una oferta de calidad y que requieren de intervenciones que garanticen resultados. ¿Cómo no va a ser importante que contemos con los mejores programas de desinternación y reunificación familiar para niños del Sename, con una oferta integral y articulada para los niños en situación de calle, o reinsertar a las personas privadas de libertad? Alinear los incentivos para que la calidad sea el mandato fundamental es clave si queremos cambiar la vida de las personas.

Avanzar inteligentemente en articular al sector privado y el Estado es un gran desafío. El primer contrato de impacto social no solo espera mejores oportunidades para los niños de Estación Central, sino que abrir un camino para quienes creen que la inversión social puede transformar la realidad de miles de familias.

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“A partir de las 24 semanas y un día, cuando se acaba el posnatal parental, la mujer pierde plata si se queda con sus hijos”.

Paola Assael

El proyecto llamado Sala Cuna Universal es una muy buena iniciativa, que permite a las mujeres trabajar y que resguarda la estimulación temprana de los niños. Sin embargo, en la discusión pública de este proyecto faltan distinciones y se sobrevalora la sala cuna.

La sala cuna universal abarca un poco menos de la mitad del universo, dado que un 49% de las mujeres trabajamos. Se puede suponer que con el acceso a la sala cuna esta participación aumentará. Sin embargo, las mujeres más vulnerables son habitualmente las que ni siquiera logran llegar al umbral de buscarse o inventarse un trabajo. La sala cuna universal debiera llegar a estas madres.

Se ha tratado como un bloque a los niños de entre 0 y 4 años, cuando la diferencia es enorme. En los primeros dos años de vida, y más aun en el primer año, lo más importante para los infantes, por lejos, es generar apego seguro con su mamá o, en su defecto, con un adulto que haga el rol de madre. Ojalá que no vayan a la sala cuna, ojalá que estén con su mamá. Cito al connotado psicoanalista inglés Donald W. Winnicott: “El potencial heredado por un infante no puede convertirse en un infante a menos que esté vinculado con el cuidado materno”.

La extensión del posnatal instaurada por el Presidente Piñera en su primer mandato fue un importante paso para resguardar el apego madre-hijo, pero queda mucho por avanzar. A partir de las 24 semanas y un día, cuando se acaba el posnatal parental (o alternativamente a partir de la semana 30 si la madre optó por reincorporarse media jornada), la mujer pierde plata si se queda con sus hijos, ya que deja de recibir la remuneración de su trabajo.

La sala cuna universal haría que la mujer “perdiera” más plata aún, puesto que no solo dejaría de percibir su remuneración, sino que además no recibiría el beneficio de la sala cuna. Es decir, la sala cuna universal es un “impuesto” a las madres que están con sus niños.

Esto no significa negarles la sala cuna a las madres que trabajan, puesto que el acceso al trabajo debe ser una opción, y muchas veces es una cuestión de sobrevivencia. Pero sí significa diseñar otras alternativas, que permitan que las madres puedan estar con sus bebés y a la vez resguardar sus ingresos y sus trabajos.

Una de estas políticas es subsidiar a la madre que cuida de sus hijos. Es decir, que la mujer reciba un pago por quedarse cuidando a sus bebés. Si este subsidio viene acompañado de asesoramiento o apoyo en la crianza, aun mejor.

Una segunda política es mayor flexibilidad laboral para que la incorporación de la madre al trabajo pueda ser gradual y con horarios flexibles. La madre que se ausenta durante mucho tiempo de su trabajo queda normalmente fuera de mercado. En este sentido, el proyecto de reforma al mercado laboral es una excelente noticia.

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“GOT es una buena ilustración de los modos ancestrales que acechan todavía al poder y la política”.

Fernando Balcells

La serie Game of Thrones se aproxima a su final. Hemos visto el ir y venir de los reyezuelos y de las heroínas desplegándose en los escenarios que el destino ha dispuesto para los que se entreveran en las luchas por el poder.

Rechazada en su ruego de refugio y de amor, Daenerys Targaryen se retira de los brazos de su amado y declara que “será el miedo entonces” (lo que guíe sus acciones). Suponemos que su querer es sincero y que se ve obligada a reconocer que su amor está atrapado por fuerzas que lo superan. Ella hubiera deseado que él quebrara el destino que los separa, pero el amado es escrupuloso y es obediente al mandato de las fuerzas dramáticas que rigen la historia. Ella dice que entre el amor y el miedo no se le ha dejado otra elección. Acto seguido, la Madre de Dragones, la Rompedora de Cadenas, la Reina Compasiva y Justa, desplegará el acto de crueldad bíblica por excelencia, la purificación de la humanidad por el fuego.

Lo suyo es un falso miedo. Es un desenlace del despecho y de la venganza, pero es además el cálculo político más crudo. Ante el desamor y el abandono, solo queda el apego al poder. Ella no opta por el miedo como quien se viera enfrentada, desde la inocencia, al dolor y a la traición. Ella opta por reconocer su soledad y por entregarse al ejercicio de un poder que solo puede reconocer a vasallos y enemigos. El peligro y la muerte no son adversarios a la altura del vértigo del poder arcaico. El miedo no lo sufre ella, es su receta para los tibios y los enemigos sobrevivientes.

La serie debe su éxito al incesto y a la crueldad. La desfachatez esta de moda. El mal trato a los personajes masculinos repite la fórmula machista más tradicional, pero invirtiendo los géneros y la residencia de la virilidad. La pregunta por la deformación espiritual de la reina blanca va a permanecer abierta. La clave que ella misma pone en escena —el miedo— refleja los prejuicios de los guionistas nórdicos sobre la naturaleza perversa del poder. La crueldad y el poder que la ejerce solo pueden venir de sentimientos negativos como la tristeza y el miedo. Pero no es la tristeza la que se involucra en la defensa de derechos adquiridos o en su conquista. Los que son rechazados por el amor, los que tratan el amor como externalidad, son empujados no al miedo sino a —la mezquindad en— la justicia.

GOT es una buena ilustración de los modos ancestrales que acechan todavía al poder y la política. Esas condiciones se superponen a las exigencias de un espacio público ampliado para hacer del soberano del siglo XXI un desadaptado que no encuentra su lugar en la sociedad. Ni primero entre pares, ni elevado ni descendido por sobre ellos; ni súbdito ni soberano. El líder moderno aprieta los labios y estira la espalda transmutado por el mito del liderazgo mesiánico, sin saber que se encuentra en un escenario de papel con obsolescencia programada.

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