En su estilo, Diego Maradona una vez dijo que “un arquero jamás va a ser un buen entrenador”.

“Obviamente no lo comparto”, dice, entre risas, Hernán Caputto, el único DT que ha logrado clasificar a dos selecciones chilenas Sub-17 de forma consecutiva a un Mundial.

“Siempre está ese tema, casi como una broma, pero yo lo veo desde otro punto de vista. Desde atrás ves todo, tienes mejor visualización. Hay un viejo dicho que dice «la soledad del entrenador» y creo que ser arquero justamente te prepara para eso: siempre te sientes solo, no festejas los goles con nadie y eso forma personalidad. Y liderazgo. En general, los arqueros siempre hemos sido líderes innatos”.

—¿Cómo se lidera?

—No me gusta la palabra jefe, la saco del diccionario. Mi esencia es tratar de liderar sin ser autoritario. Me apoyo en mi equipo de trabajo porque, primero, confío, y después porque siento que la gente se va a sentir mejor si yo le pido la opinión. Todos saben que soy yo el que decide, pero primero pregunto, veo, reflexiono, y después trato de elegir un camino. Hay algo que se ha perdido, y que me gusta mucho, que es la empatía. Si la persona que tienes al lado se siente escuchada y valorada, generas una sinergia que, al final, empodera mi cargo.

Infierno en el piso 23

A Caputto le nombran San Andrés de Giles, el pueblito de 20 mil habitantes en las afueras de Buenos Aires donde nació, y se llena de emoción.

Ahí conoció a su señora, con quien empezó a pololear a los 14 años. Y es donde vuelven por lo menos una vez al año, ahora con sus dos hijos. “Es como si no nos hubiéramos ido nunca. Ese es nuestro lugar en el mundo, donde todos te conocen, donde es probable que recorrer una cuadra me tome una hora y media. Eso es lo que me gusta y me da vida, y por eso me encanta el sur de Chile, porque tiene que ver con mi vida familiar, muy de pueblo, donde se trabaja de 8:00 a 12:00, y ahí se cierra todo hasta las 16:00. Mucho caminar, dialogar con la gente. Hace dos años partió mi papá y son las cosas que reflexionas con la edad, que los momentos son muy cortos y hay que aprovecharlos”.

Si es por momentos, sabe que el de la madrugada del 27 de febrero de 2010 no fue uno más. Fue uno que le cambió la vida. A él y su familia.

“Jugaba en Huachipato y estábamos en Concepción. Estaba mi madre de visita, y el primo de mi señora que justo vino a «relajarse». Y ese relajo fue en el piso 23, el último habitable de un edificio en Angol con Chacabuco”, relata. “Como muchos, ese día nos dormimos viendo a Arjona en Viña, y despertamos con el desastre. El terremoto nos tiró al piso, chocamos con las paredes, explotaron los vidrios, mis hijos llorando, mi mamá agarrándolos. Sinceramente, pensé «hasta aquí nomás llegaste»”.

Y sigue: “Lo primero que creí es que había sido una bomba. Quedamos atrapados porque se rompió el marco de la puerta y quedó trabada, y dentro de esa desesperación me pasé de un balcón a otro, entre los gritos de mi señora y la gente de los otros pisos, pero sentía que tenía que sacar a mi familia como fuera. Creo que estuvimos casi una hora encerrados, pero se sintió como una eternidad. Y luego, cuando llegó el conserje, bajar 23 pisos… creo que rompimos el récord mundial”.

Pero el trauma no terminó ahí. “A la distancia se veía la mecha prendida de la CAP, en Talcahuano. La calle estaba como una ola, y a dos cuadras estaba el edificio de Santander, el que se rompió en dos. Pasamos la noche en la calle, sin nada que comer. Es verdad todo eso que se contó de los 150 gramos de queso a 15 mil pesos, o la gente que se llevaba televisores. Todo eso lo vivimos”, agrega.

“Recién pudimos volver a Santiago el jueves, un trayecto de 6 horas desde Conce que, creo, nos tomó 16. Y llegar acá era como llegar a otro planeta. No había pasado nada. En mi departamento, que era de esos antiguos que ya habían sobrevivido al terremoto del 85, apenas se había caído un vaso”.

—Si lo piensas, de todas formas corrieron con suerte.

—Sé que hay gente que lo pasó mucho peor, que perdió mucho más. Pero, como familia, tardamos mucho en hablarlo. Sobre todo mis hijos —que tenían 15 y 8— y que también pensaron que se morían. Durante años tuvieron que recibir tratamiento psicológico. Pero por suerte ahora hasta pueden bromear. La primera vez que les tocó un simulacro en el colegio decían «qué mejor simulacro que el que vivimos». Y también nos hace gracia ver siempre en la bodega botellas de agua y comida, que ahora mi señora se encarga de renovar religiosamente.

—Estabas en tu último año como futbolista profesional ¿cuánto influyó en tu formación como entrenador?

—Todo es aprendizaje. Uno no está preparado para vivir algo así, pero te sirve para valorar más las pequeñas cosas. Me dio otra perspectiva. No me siento el «entrenador del momento», como algunos dicen, porque entendí que la vida puede cambiar en cualquier momento. O sea, feliz de que hayamos clasificado dos veces seguidas a un Mundial, pero todo lo valoro equilibradamente. Cuando vives algo así, dejas de ser tan dramático con el fútbol. Te das cuenta de que, al final, no es más que un juego.

“El límite de aprendizaje no tiene techo”

Caputto se retiró a los 37 años, el 5 de diciembre de 2011. Y 15 días después ya había empezado a entrenar, como preparador de arqueros en la selección adulta.

Venía estudiando hace tiempo, y dice que sigue aprendiendo. “Me dijeron que tenía que ser una esponja, y eso es lo que he hecho. Pienso que toda mi vida voy a estar en ese proceso. Cada viaje, cada lugar, cada conversación en cualquier lugar del mundo, con entrenadores y colegas. El límite de aprendizaje no tiene techo, y desde ahí vas forjando tus propias ideas y maneras”.

—¿Bielsista, Guardiolista, Mourinhista?

—Siempre creí que era más importante la relación personal por sobre lo técnico y táctico. Jugué casi 20 años y me hubiese encantado que más entrenadores hubiesen valorado mi parte humana. Y eso me hizo darme cuenta, ya sobre el final, de que «ésta es la manera». Una relación directa, cercana con el jugador. Si tú logras entrar en la persona, esa persona va a sentirse valorada; no sólo por lo que hace en el campo. Y, a su vez, él se va a sentir mejor en la cancha.

—Porque el futbolista tiene debilidades, como cualquiera.

—Son todos diferentes, y ésa es mi tarea: saber que tengo que tratarlos a todos de una manera diferente en lo personal, con un objetivo común que es el equipo. Saber qué le pasa a cada uno en sus vidas, porque la respuesta que habrá en el campo dependerá mucho de eso. Entonces, mientras más sé de eso, mejor puedo manejar sus momentos de estrés, que en el fútbol hay muchos: al perder un balón, al dar un pase, al entrar y salir de la cancha. Siempre hablo del consciente y el inconsciente. Conscientemente trabajamos en el campo, pero luego viene lo imprevisible, y mientras más seguro se sienta el jugador, va a tener una respuesta mejor.

—En Argentina hablan de la doctora Sandra Ricci, una neurocientista, como el “arma secreta” de Marcelo Gallardo en River Plate.

—Creo completamente en esas nuevas herramientas. Puedes prepararte técnica, táctica y físicamente, pero si no estás bien psicológicamente, va a ser imposible ejecutar de manera eficiente lo que trabajaste. Por eso he estudiado, tengo certificaciones en coaching deportivo para tener más herramientas. La mente va en diferentes dimensiones, y si estoy cansado, mal de ánimo, si tengo un problema familiar, no voy a pegarle bien al balón por mejor técnica que tenga.

Los “caarazos” a Carreño

A Caputto lo descubrió Marcelino Espina —el papá de Marcelo—, quien se lo llevó a Platense. Después debutó en Tigre, hasta que en 1997 vino un llamado desde Provincial Osorno.

Hoy reconoce que jamás imaginó que, salvo por un breve paso por Indonesia en 2004, no se iría más. Luego jugó en Unión Española, Magallanes, Puerto Montt, Palestino, Unión San Felipe, Universidad de Chile y Huachipato.

Hace 14 años, se nacionalizó. “A veces creo que valoro a este país más que ustedes mismos, y los logros que uno va generando son parte de devolver lo que me ha entregado Chile, el país que me abrió las puertas y donde nacieron mis hijos”, dice, aún con acento y varios modismos trasandinos, pero orgulloso de que por fin acaba de cumplir más de la mitad de sus 44 años a este lado de la cordillera.

Por eso, no teme hablar de nacionalismos. “Lo primero que le digo a los jugadores es que no hay nada mejor para un futbolista que vestir la camiseta de tu selección. Hay jugadores que se nacionalizaron en procesos míos, y otros que vinieron siendo extranjeros, pero con sangre chilena, y siempre les pregunto: «¿realmente sienten el hecho de representar a este país?». Y los hago que se estudien el himno. Para mí, el himno se canta con pasión y con el corazón. Si no, no lo cantes. Encima, con lo lindo que es…

—¿Más que el argentino?

—Más que el argentino.

—¿El Caputto jugador estaría en tu equipo?

—Creo que sí. No sé si sería titular, pero me tendría en la plantilla. Siempre dije que fui un arquero esforzado y eso, como DT, lo valoro.

—¿Crees que eso recuerdan los hinchas de tu carrera?

—Entiendo para dónde vas.

—Fue en 1998, en el viejo Parque Schott de Osorno. Eras arquero del equipo local cuando Juan Carreño, de Huachipato, te tumbó con dos puñetazos y se armó una batahola.

—Dirás, los “carazos” que le di en las manos, jaja. Supongo que, como no fui un fenómeno de arquero para repetir mis atajadas, todos aún se acuerdan de eso. Creo que tiene un millón de visualizaciones o algo así, y eso que no era en la época de redes sociales. Pero ya han pasado 21 años y creo que a Juan también le debe cargar que se siga hablando de ese día. A veces llegan nuevos seleccionados y noto que han visto el video, así que salgo altiro a decirles: «sí, soy yo, ése que está en el piso con polera calipso, soy yo».

—¿Pudieron recomponer la relación?

—No éramos amigos, pero tampoco enemigos. Fue un tema de descontrol puntual de él y ya, si yo tampoco soy un tipo violento ni nada. Ni siquiera lo insulté, sólo le dije «eso te pasa por mala le…» no alcancé a decirle el «che». Pero un año después nos encontramos y me pidió disculpas. Y yo le dije, «naaaa, no te preocupes, si total en unos años nadie más se va a acordar de esto».

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