La parte mental, dentro y fuera de la cancha.

Ése fue el primer énfasis que estableció el argentino Andrés Schneiter cuando asumió la conducción técnica de Cristián Garín hace nueve meses, en agosto del año pasado.

El tenista chileno llevaba años deambulando en el circuito sin mayor éxito, desde que se matriculó como la gran esperanza del tenis chileno tras ganar el Roland Garros Junior 2013.

Pero de la mano del “gringo” —como le dicen— sus resultados mejoraron de inmediato y hoy lo tienen posicionado como una de las figuras del circuito: ayer ganó su segundo título ATP en Múnich y ya escaló hasta el lugar N° 33 del ranking mundial.

“El tenis siempre lo tuvo…”

Schneiter (43) tiene largas raíces con el tenis chileno.

Compañero de generación de Marcelo Ríos cuando era juvenil, jamás logró posicionarse como un tenista de primer nivel. Apenas alcanzó el 219° puesto como singlista, así que muy pronto se concentró en el dobles, con mayor éxito: en 2003 alcanzó su mejor ranking: 62°.

Fue en esos años cuando se hizo amigo de Nicolás Massú y Fernando González, con quienes incluso hizo dupla en un par de torneos.

Pero su destino estaba fuera de la cancha. Tras retirarse en 2004, de inmediato se dedicó a la conducción técnica de varios de sus compatriotas y, apenas un año después, logró su mayor éxito, cuando dirigió a Mariano Puerta hasta la final de Roland Garros, que perdió previsiblemente ante Rafael Nadal.

Relativamente joven para ser DT, le jugaba a favor la cercanía etaria con sus dirigidos. Y un carácter perfeccionista que le hacía fijarse en todos los detalles. “Trabajólico” es un concepto que repiten quienes lo conocen.

De hecho, suele tener más de un pupilo a la vez. Algunas veces funciona —dirigió a Paul Capdeville en el mejor momento de su carrera— y otras no tanto: en 2011 lo buscó Massú, pero duraron poco por la falta de exclusividad.

Pero ese vínculo dejó huella y fue “Nico” quien se lo sugirió a Garín, a quien conocía desde 2013 en el Roland Garros juvenil, cuando Schneiter entrenaba “part-time” a otro chileno, Bastián Malla.

Por eso, sabía perfectamente sus condiciones, y hasta dónde podía rendir.

Establecidos los términos formales de la relación —Schneiter no abandonaría al argentino Juan Ignacio Londero y la mayor parte del tiempo trabajarían en Buenos Aires—, el DT hizo el primer diagnóstico.

Si el chileno aún no daba el salto no era por lo técnico, sino lo mental.

“El tenis siempre lo tuvo, pero le costaba competir, es cuestión de madurez”, decía Schneiter a El Mercurio a comienzos de este año.

“Me hizo ver las cosas desde distintos puntos de vista”, reconocía Garín a fin de año. “Estoy aprendiendo a quererme un poco más, a ser menos autocrítico, a tomármelo con más calma. Andrés es muy sicológico”.

Nervios de acero

Schneiter es cercano, le pregunta por su vida y por su familia, pero no tiene pelos en la lengua para criticarlo; la personalidad del chileno, introvertido y abierto a los consejos, supone una sociedad ideal.

El DT también corrigió algunos detalles tenísticos que creía podían pulirse —le cambió levemente la forma de pegar la derecha y el servicio, sus dos mejores armas—, pero también le armó un completo grupo de trabajo a su alrededor, con el nutricionista Luciano Spena, el preparador físico Martiniano Orazi y el sicólogo deportivo Daniel Durán.

Este último ha sido clave. Para Schneiter, lo principal era la regularidad, punto a punto, juego a juego y semana tras semana, y entre ambos le han enseñado a controlar la frustración que antes lo envolvía cada vez que perdía. Este “nuevo” Garín no es sólo una apreciación de los expertos, sino que es cuantificable.

Y tiene ribetes históricos: aunque su muestra de partidos es mucho menor, según el “Índice de Rendimiento Bajo Presión” de la ATP, en este momento Garín es el segundo mejor jugador en situaciones de tensión, sólo superado por Novak Djokovic, y por sobre Pete Sampras (3°), Nadal (4°) y Roger Federer (5°).

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