Carmen Aldunate (79 años) es sumamente tímida, pero no se nota. “Soy la típica tímida que cuando la invitan a alguna parte se pone a bailar en pelotas arriba de la mesa para disimular. Lo hice muchas veces”, cuenta.

Suele abrir la boca y dejar algún damnificado en el camino. El 4 de abril, por ejemplo, escribió una carta a El Mercurio criticando “la imagen de la mujer actual, con sus pechos al aire, sus colas de caballo en el trasero y otras delicadezas en este estilo; a mí, como mujer defensora de lo femenino por muchos años, confieso, me da vergüenza ajena”.

Pero explica: “Yo también he estado con pechos al aire con los hippies en EE.UU., en plena Guerra de Vietnam. Lo que me molesta acá es la falta de estética. No puedo entender que estas mismas ñiñas que se quejan del acoso salgan a poto pelado con una escoba en el culo. Qué forma tan grosera. ¡Yo soy lo más feminista del mundo!, pero esto está mal pensado y mal planteado”.

“Estoy respirando más lento”

La artista, miembro de número de la Academia de Bellas Artes, hace tres años vive en una casa en Vitacura, con su nana pintora Angélica, su “mejor amiga del mundo” y un amplio taller con luz natural. Cada vez que alguien le pregunta si sigue pintando, responde: “Si estoy respirando, estoy pintando”.

¿Y ahora? “Estoy respirando más lento. Es que ya estoy muy revieja”, dice sonriendo y con su cajetilla de cigarrillos como siempre a su lado. Bajó de dos a media cajetilla diaria, que intercala a ratos con su cigarro electrónico. “Pero tengo mis pulmones vírgenes. Algo que me quede virgen”, acota, y lanza una carcajada.

“Estoy pintando más lento. Hace muchos años perdí la visión en un ojo y tuve que aprender a mirar de nuevo. Además, el esqueleto se me vino abajo en octubre de 2017, porque me pusieron una válvula con el corazón afuera, quebrada de costillas y todo. Te abren como carnero, el dolor más salvaje que te puedas imaginar”.

Cuando se estaba recuperando, en noviembre del año pasado, se descubrió una marca en una mama que le mostró a un sobrino médico. “Eso en cáncer”, le dijo con sólo mirarla. “Y sí. Vivo chocha con mi cáncer. No me he hecho absolutamente nada. Todos los cirujanos son un peligro público, están con el cuchillo listos para sacarme la teta. ¡Yo dije que no! Voy a jugar a la ruleta: ¿Quién mata antes, el cáncer a la vieja o la vieja al cáncer? Eso es lo que estoy haciendo”.

—¿No te dio pánico?

—No. Hace muchos años que tengo las maletas listas para irme. Estoy muy cansada, llevo muchos años hueveando. Y voy a seguir así la vida entera. Pero nunca le tuve miedo a la muerte.

—Imagino que ha afectado tu pintura esto que estás viviendo.

—Por supuesto. De todos modos, me ha jodido mucho más el corazón que el cáncer. Pinté al doctor con cara de mierda metiéndome cosas. Tengo mis propias venganzas. A la doctora que me quería sacar las tetas la tengo ahí en un cuadrito pintada con culebras y bichos detrás de la puerta. Y en mis pinturas hace rato sale un pecho, siempre una indicación. Pero mira ésa (apunta un dibujo de una mujer con su pecho izquierdo al descubierto atravesado por algo así como una flecha roja), del año sesenta y algo. Esa es mi pechuga mala. Los pintores somos muy adivinadores.

“Termino un cuadro

y quiero patearlo”

Sus cuadros, que vende siempre por internet —en Kunst.cl—, ahora los pinta en formato pequeño. “Me aburrí de las galerías donde la gente entra al cóctel, no miran nada, se pelean el vinito, el sanguchito, y después penan las ánimas el resto de la exposición. Es mucho más lógico que las galerías sean virtuales”.

—¿Estás conforme con lo que has logrado en tu carrera?

—Nooo, me queda mucho por aprender. Yo decía que era la Julio Iglesias de la pintura, por ese amor-odio que me tienen, que ya debe estar en la memoria nacional. Por eso escribo “me encantan las rosas blancas” y me empapelan a insultos. Nunca tomé en serio los premios, y cuando me criticaban caía desmayada.

—¿Llegaste a amar tu obra?

—¡La odio! Con el alma. Termino un cuadro y quiero patearlo. Nunca quedo conforme. Para qué te digo cuando me invitan a comer, “porque tengo un cuadro tuyo”, me dicen. ¡Me muero! Que me sienten de espaldas.

“La mejor época de mi pintura fue sufriendo como chancha”

La historiadora Patricia Arancibia está escribiendo su biografía. Carmen es bisnieta de José Miguel Carrera, heredó sus colleras y su escritorio, y sus historias por contar son un lujo. “Como se decía que sus cosas traían mala suerte, en una época en que lo estaba pasando muy mal, viajé en auto a Argentina con una amiga y boté las colleras. Me fue mucho mejor”.

Cuando niña, Carmen sufrió el rigor de la religión en el Universitario Inglés, donde alcanzó a estar hasta los 9 años. “Un día me dio una fiebre inexplicable, por culpa de la monja Dolores, la «monja Castañuelas», porque plac nos parábamos, plac caminábamos, plac nos hincábamos, plac recibíamos la comunión... Y un día al cura se le acabaron las ostias. Yo no sabía qué hacer con el plac, e hice como que había comulgado. La monja delante de todo el colegio dijo: «Aquí hay una persona que tiene el diablo adentro, está endemoniada». Yo, en shock. No paré con la fiebre, el doctor pidió sacarme del colegio. Ahí entré a Las Ursulinas”.

De ese colegio se fue un año antes de terminar. “Nunca terminé nada en mi vida, nunca tuve un título”, explica. Esta vez fue por sacar un membrillo del árbol en una clase de gimnasia. “Carmen Aldunate se robó un membrillo”, dijo la monja. “¿Cuánto le debo?”, le dije yo. Y me fui. Igual logró entrar a estudiar Arte en la U. Católica, porque encantó a profesores como Mario Carreño, Nemesio Antúnez y Alberto Piwonka. “He tenido mucha cueva en mi vida. A Carreño le conté que salía a cazar cazar murciélagos con raquetas en los veranos. Le fascinó. El me dio la mejor lección de arte. «¿Le gusta el arte moderno?», me preguntó. «No lo entiendo», le dije yo. «¿Y a Ud. le gustan las ostras?» «Me encantan». «¿Y las entiende?»”.

La echaron dos veces de la Católica. La primera, por llevar una modelo de desnudos a una de las clases y la segunda, por incitar a quedarse pintando un mural en vez de ir a clases de cultura católica. “Después volví, porque Carreño y Antúnez se divertían conmigo. Pero yo ya había entrado en la U. de Chile, así que me paseaba entre las dos”.

Cuando ya tenía que presentar su examen final para recibir el título, se fue a Europa. “Es que me cargan los títulos. ¡Y no hay nada más espantoso que los galvanos! Apenas recibo uno, corro a botarlo. Todos están en la basura”.

Ya estaba pololeando con Juan José Romero (“Cote”), su ex marido, con quienes eran amigos desde los 12 años.

—¿Te fuiste de viaje convencida de que ibas a vivir del arte?

—No. Más bien estaba convencida de que me tenían que mantener. Porque así era en esa época. Me casé a los 21 años. En ese viaje de niñitas cuicas me di cuenta de que estaba esperando guagua, pésimamente visto en esa época. El Cote se ofreció a hablar con mi papá, súper valiente. Yo los llamé y fue el embarazo más bienvenido del mundo. Yo tenía a la tía María Edwards en París, la que recibió la Orden Caballero de la Legión de Honor, que empastaba libros en esa época. Tenía una mesa grande de vidrio hecha por Picasso, porque era muy amiga de todos los artistas. Ella me mandó a Caritas, una peluquería top en París. Me tocó con la Brigitte Bardot, me dio un poquito de felicidad ver que era casi más baja que yo.

—Y duró tu matrimonio más de 40 años, con dos hijas, María José una artista y Antonia, abogada.

—Las mejores hijas que uno pudiera querer en la vida. Son dulces, generosas, fantásticas. Son mis mejores amigas.

—¿Cuántos años tienen?

—No sé. Yo las dejé en 32. Siempre quise hijas mujeres. Los hombres se van y te dejan botada. Tengo tres nietos, un desastre (risas), aunque unos amores, igual.

—Fue complicado también tu matrimonio.

—Mi marido me las jugó con Pedra, Juana y Diega. Era muy mujeriego y me lo hacía saber siempre. El primer problema fue que éramos demasiado amigos. El segundo, que yo me enamoré; y él, me quiso. He tenido muchos amantes, pero el único del que me enamoré ha sido él.

—Tú que eres tan de armas tomar, aguantaste varias infidelidades.

—Tuvimos unas peleas épicas. Fue una enfermedad que no me sacaron nunca. El ahora está con una señora maravillosa, somos amigos y ella es adorable. Yo me llevé sus mejores años.

—¿Qué pasó contigo después?

—Me dio susto al principio, pero ya nos habíamos separado de piezas, teníamos vidas aparte. Me di cuenta de que nunca me iba a enamorar otra vez. Me lo dijo el alma. El se enamoró de su mujer de ahora, maravilloso. Una vez estaba en un barcito, angustiada porque sabía que Coté andaba en un viaje con alguien, y mi hija Antonia me dijo: “Mamá, ¿ud se da cuenta qué maravilla de regalo es poder querer así? La pasión que usted tiene hay personas que no la pueden sentir nunca”.

—Pero nunca te faltó.

—O sea, si quieres te muestro los WhatsApp de ayer (carcajadas). Mis amigas no entienden cómo lo hago, pero te juro que los hombres me caen del cielo. Me llegaron hace poco unas poesías gigantes de un señor que no he visto hace años. Y el año pasado, fuimos a las Termas de Jahuel un grupo de viejas igual que yo. Y me encuentro con un señor, argentino, que se me atraviesa y no me abandona nunca más. Las otras, indignadas conmigo, te juro que no hice nada. Soy lo menos coqueta que te puedas imaginar. Bueno, este me escribe todos los días. “Musa de mi vida”, me dice.

—Hartas cosas buenas en la vida en el resumen, entonces.

—Gracias a la vida toda la vida. Por eso digo que ya estoy lista, no quiero embarrar todo lo lindo con penas extras.

—¿Y el dolor le ha hecho bien a tu pintura?

—La mejor época de mi pintura fue cuando estaba sufriendo como chancha. En dos años se murieron mis padres y dos de mis tres hermanos. El tercero se murió un año después. También mi institutriz, que fue mi segunda madre. Tuve que hacerme cargo de todo el mismo año en que el Cote me las jugó en serio. Caí lona, tuve tres intentos de suicidio. El director de la Alemana ya no quería ni encontrarse conmigo en la calle. Hasta que dejó de dolerme. Me separé y fue un alivio. Fui libre. Hoy me encanta mi soledad.

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