“Lo importante sigue siendo la cocina. Si el plato no funciona, el glamour se desploma”.

Tres arces japónicos —uno de 45 años— intervienen el paisaje de Tanaka, el restaurante nikkei que abrió en La Dehesa.

En una casona de los 80, Hania Stambuk supo sacar provecho de la vegetación y el entorno. “Es un lugar muy cómodo, austero, de líneas simples, pero con contenido”, explica la arquitecta. Una piscina funciona como espejo de agua en la terraza exterior. “Privilegiamos los colores tierra, cafés, grises, colores neutros para que los platos destaquen aún más”, añade.

Es el restaurante del ingeniero comercial Carlos Dumay, su marido, dueño de Tanaka, Bar Alonso y Maria Callas, enclaves de estilo y buena gastronomía en Alonso de Córdova. Próximamente, abrirán un nuevo proyecto en Barrio Italia.

La intención fue recrear un entorno hogareño. “Hay gente que va a Tanaka todos los días hace 10 años. Hay familias con las que nos hemos hecho amigos; he ido a sus casas a comer, conozco a sus hijas, se han casado, llegan con la guagua, nos conocemos muy bien”.

Este restaurante tiene dos cocinas, para frío y caliente. Y lo que primero atrapa la atención son los ventanales enormes en una especie de jaula, un “winter garden” que provee de iluminación natural, con vistas interiores apuntando al jardín y a los árboles más grandes del sector.

“Nos dimos cuenta que en La Dehesa hay una falta gastronómica importante. Hay poco y malo, la verdad. Pasa que empiezan a preocuparse por el precio versus la calidad. Lamentablemente, eso termina perjudicando el producto. Cuando buscas bueno, bonito y barato terminas comiendo hamburguesas y pizzas”, dice. “Antes me daba lo mismo la comida, hasta que me encontré con mi marido que es un sibarita”.

Acá hay una preocupación fundamental por el producto. “Todos de primera calidad. Este es un restaurante que exige mucha técnica”.

Y en todos sus restaurantes, hay un sello en la propuesta visual. “No es decoración, es arquitectura”, explica Hania. “Cuando hay una buena arquitectura, no necesitas decoración. Como cuando hay una bonita mujer, no necesita pintarse. Podrás poner un florero como un pequeño detalle, pero si tú miras acá lo que hay es arquitectura”.

En octubre de 2015 abrieron Bar Alonso. “Yo lo imaginé como una vedette. Fue el primer bar en Alonso de Córdova con los pies en la calle. Hasta entonces, los buenos bares tenías que subir a algún edificio”, dice la arquitecta. Y en 2017 llegó Maria Callas. “Un gran desafío porque no podíamos hacer un boliche de esquina en una de las mejores esquinas de Santiago (Alonso de Córdova con Nueva Costanera). Es un lugar con brillos, espejos, un laberinto y una barra que es un vestido. También ocupamos el concepto de winter garden en un espacio que evoca a esta mujer power que tiene historia de amor, cultura y cosmopolita, que es lo que resume a la mujer de hoy en día”, agrega.

“La gente en Chile está cambiando, hoy se aprecia el diseño. Antes, los restaurantes eran básicos. La vara también la hemos subido nosotros. Se están haciendo restaurantes con mucho más estilo y preocupación. De todos modos, un lugar bonito es un plus, pero si el plato no funciona, el glamour se desploma”.

Por eso, dice, son una buena pareja. Se conocieron un día cualquiera en Tanaka Vitacura. “Amor a primera vista”, acota ella riéndose. “Yo, que soy la arquitecta y constructora, soy el hormigón; él, es la cocina. Hacemos un buen equipo”.

Aprender a mirar

Hania terminó sus estudios y se dedicó a viajar por el mundo hasta los 28 años. Vivió tres años en Francia, España, Bali, Tailandia y EE.UU. “Eso fue absorber cultura. Imagínate que en mi época no teníamos Internet. Yo fui la última generación que salió dibujando en Rapidograph y borrando con gillette. ¡Ya no existen esos tableros de madera de roble!”.

Es amante de la tecnología, pero no comulga con las redes sociales. “No tengo tiempo para perder en eso, ni quiero que nadie sepa lo que hago en mi vida”.

Cuando regresó, entró a la oficina de Cristián Boza, donde aprendió a trabajar en un gran estudio. “Yo quería saber cómo trabaja una máquina. Y esa oficina lo es. Me sirvió mucho para ser lo que soy”. El 2006 formó su propia agencia y comenzó a hacer clases en distintas universidades, durante 10 años. En 2008, se ganó la Bienal de Arquitectura con “Pullpo”, un proyecto de una oficina de marketing y publicidad instalada en un galpón de Cueto, en el centro de Santiago.

“Cuando uno hace las cosas bien, sobresalen por sí solas. Pullpo se publicó en China, en Alemania, me escribieron de muchas partes del mundo para publicarlo. La arquitectura me persigue. Desde que tengo 12 años que sabía que esto iba a ser lo mío. Toda mi familia se acuerda”.

—En tus clases, decías que había que aprender a mirar. ¿Cómo va nuestra capacidad de observación?

—Pasamos todos los días frente a las cosas y no las vemos. No miramos una escalera, que tiene una huella y una contrahuella. La base de la arquitectura es aprender a observar. Y uno pule el ojo con los años. Yo entro a un lugar, hago un paneo y tengo la regla en la cabeza, miro colores, materiales, es una psicosis (risas). Todos mis viajes son de estudio. Y el público se siente cómodo cuando las cosas están bien hechas. Para nosotros la cocina es el corazón, acompañada de buena arquitectura.

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