Qué odioso poner los años sobre la mesa, pero es inevitable hablar de la edad al ver a Patricia Pupkin Ratinoff.

La creadora de la fundación Amanoz —que desde el 2000 trabaja por paliar la soledad de los adultos mayores— tiene 75 años y no se le notan en absoluto.

Ese gen de la juventud es un asunto familiar, asegura. Lo heredaron su hija Pauline Kantor, ministra del Deporte; su hijo Arturo, oftalmólogo, y Denise, gestora cultural.

“Mis padres eran muy lindos, pero yo nunca me sentí la estupenda. Es que mi marido era muy buenmozo, no era fácil, a él lo perseguían las mujeres. Tuve once años de sicoanálisis para mejorar mi autoestima. Como poco, hago ejercicio tres veces a la semana, me hago el cutis, me hago cositas”, dice sonriendo en su luminoso departamento en Lo Barnechea.

Viuda, 11 nietos, estuvo casada 51 años con Juan Carlos Kantor, quién nació en Praga y llegó a Chile en 1939, escapando de la Segunda Guerra Mundial. Se desarrolló como empresario inmobiliario y, en 1958, levantó Dimacofi.

Kantor murió en 2013, a los 74 años, cuando estaban de vacaciones en Villarrica. Se fue al lago y no volvió, porque sufrió un infarto mientras nadaba. La familia quedó devastada. “Tuvimos un matrimonio muy lindo”, cuenta Patricia que rebautizó su proyecto: Amanoz, Fundación Juan Carlos Kantor.

A sus 30 años, entró a estudiar Orientación Familiar en el Instituto Carlos Casanueva, donde comenzó una amistad con Cecilia Morel que mantiene hasta ahora. “Ahí aprendí de mis compañeras cómo educaban a sus hijos, gente bien conservadora, me cambió la vida entrar a estudiar. A mi marido le gustaba que yo estuviera en la casa”.

—Leí que dijiste que hasta que entraste a trabajar, fuiste una geisha.

—Fui geisha hasta el último día de mi marido. Está en mi naturaleza. Viví para Juan Carlos, era muy regalón. Él amaba a su familia.

—A inicios de los 70, cuando vivieron en Miami, te propusiste dedicarte a los adultos mayores.

—Me impacté con los viejitos que veía abandonados en sus sillas mecedoras. El gran tema de la fundación es la soledad. Los hijos vienen a almorzar contigo, se van a las 4:30, pero no tienen idea de lo que te pasa de 6 a 9 de la noche. Yo soy privilegiada, pero te diría que a nivel más popular la gente es más cercana, se preocupan más de las personas mayores.

—¿Crees que en la clase alta hay una despreocupación mayor?

—Sí. El ABC1 no quiere ni pensar en que van a llegar a ser viejos. A nadie le gusta. No quiero pelar, pero algunas viven haciéndose arreglines en su intento por ser jóvenes. Por otro lado, está el terror de llegar a viejo y ser dependiente. La generación de los 40 no se imagina jamás que van a llegar a mayores. Cuando llegas a los 65, si no tienes un hobby, o algo que le dé sentido a tu vida, es súper triste.

Somos un país que se está envejeciendo. Pasamos de tener 873 mil personas en la tercera edad hace 30 años a tener 3 millones hoy (17% del total).

—Como decía Juan Carlos Molina, geriatra, ¡ya nos envejecimos! Este país ya envejeció.

—Se proyecta que para el 2050, sean poco más del 28% de la población.

—Y no va a haber quien los cuide. Por eso, estamos formando cuidadores. Nuestras voluntarias hacen acompañamiento una vez a la semana también a la mujer que se hace cargo del marido; juega con ella, conversa, porque las cuidadoras no tienen respiro y muchas veces mueren antes que el enfermo.

“YouTube es gran compañía”

“Yo amo a los viejitos, me gusta abrazarlos”, dice Patricia con una sonrisa enorme y habla con pasión de Amanoz, que en 2018 tuvo 800 beneficiarios y 168 voluntarios en la Región Metropolitana. Además, trabajan acompañando personas en sus domicilios particulares en convenio con las municipalidades de Peñalolén, Vitacura, y Lo Barnechea.

En 2017, Pupkin recibió el Premio Mujer Impacta y, actualmente, forma parte del Consejo Ciudadano para el Adulto Mayor. Cada año, organiza la Caravana del Adulto Mayor, junto al Club de Automóviles Antiguos de Chile. “De mi círculo de amigos recibo como aporte 350 mil pesos al mes, no más”, explica.

—Uno de cada cuatro adultos mayores dice no tener amigos cercanos, de acuerdo a la última Encuesta de Calidad de Vida en la Vejez.

—Es muchísimo y muchos tienen miedo a acompañar a quien está solo. A mí me dicen: “Voy a ver a mi abuela, pero ¿de qué le voy a hablar?”. ¿Cómo no le llevas un juego y le cuentas algo de tu vida? Si está un poco confundida, cómo no vas a poder darle cariño. Yo me quejo de mis nietos, están tan ocupados que ni me llaman. Si yo no hago un almuerzo los domingos, no vería a nadie. Vienen 18 personas o más y, desde el lunes, estoy preparando la comida. He sido buena mamá y muy buena esposa. Kantor tuvo mucha suerte en encontrarme. Me preocupé mucho de que mis hijos y nietos sean felices.

—Benjamín Salas (27), hijo de Pauline, tuvo una polémica designación como senior officials meeting (SOM) para la APEC.

—Y no te digo lo capaz que es. Yo salí a comer con él para darle mi apoyo. Lo pasó mal, pero está bien. Estudió Derecho, es profesor en la universidad, es lo más inteligente que hay. El mayor, Sebastián, que estuvo en Nepal y en Nairobi haciendo trabajo social, está conmigo en la fundación, es extraordinario. Y mi nieta Elisa, que está en Portugal, también es muy sensible. Yo le dije: “Prepárate, porque yo no voy a ser eterna”. Necesito que se queden con la fundación, porque yo no voy a estar viva para llegar a ver lo que va a significar.

—330 mil personas mayores viven solas. ¿La soledad es un factor de riesgo?

—Sí, por eso el nuestro es un acompañamiento afectivo y emocional. A los adultos mayores hay que decirles a todo que sí. Pasa que cuando nos corrigen, uno se siente disminuida. Yo tengo dos grupos de tertulias con amigas en mi casa, una vez al mes. Preparo Power Point con temas como el feminismo, la viudez, las relaciones de pareja, siempre con mucho cuidado en no herir a las personas.

—En Inglaterra fundaron el Ministerio de la Soledad.

—Leí “Diario de una buena vecina” (de Doris Lessing) y pensé sobre las vecinas que se preocupan de los postrados del barrio. Para eso hay que tener plata y es el Parlamento el que ayuda en Inglaterra; lo vi cuando visitamos un centro de adultos mayores. Yo tenía muchas ganas de trabajar en eso acá, pero es imposible, a la gente le falta la sensibilidad de acercarse a las personas. A mí me pasa en los cumpleaños que no me pescan. Alguno me dice: “Tía, ¿cómo está?, qué bien se ve”. Pero a mí qué me importa, qué ganas de que me pregunten qué estoy haciendo. Los jóvenes no se detienen a conversar. Ojalá sentir que la gente te respeta. Somos invisibles los adultos mayores.

—¿Te incluyes en ese grupo?

—Por supuesto. Es transversal a la sociedad. Para envejecer bien es fundamental estar aprendiendo. Yo veo los programas del doctor Enrique Rojas, español, ¡una maravilla! Es para enamorarse. YouTube es una gran compañía. También las TED. Yo todas las noches, antes de dormir, juego solitario. Me ha hecho tan bien.

“Uno nunca pierde las ganas de amar”

Hace 18 años, Patricia aprendió computación. “No me gusta Twitter porque temo hablar más de la cuenta, pero en Instagram sigo todo lo de mi hija Pauline”, cuenta.

En diciembre, terminó un programa que duró seis años en Agricultura, “Los años dorados”, donde tocaban distintas temáticas sobre la tercera edad.

—Hay temas que son delicados e incomodan, la muerte por ejemplo.

—En la Fundación Las Rosas tienen la carroza en la misma puerta, pero la actitud de la gente es increíble. “Murió la Rosita, listo, vamos a rezar un Ave María”, les digo yo. ¿Y ahora qué? “El taller”. Se acabó la señora Rosita. Ellas obvian la muerte, no la quieren tener cerca. Bueno, nosotros tampoco hemos hecho talleres al respecto. Con mis amigas de las tertulias vimos a la Jane Fonda hablando del “tercer acto”, fabuloso. Y ahora estamos viendo “Grace and Frankie” (Netflix).

—¿Cómo enfrentas tú la muerte?

—A mí me tocó ver a mi marido muerto. Cuando me llamaron, él ya estaba en una bolsa plástica. Espantoso. Uno se duerme y no sabe más de la vida, por eso lo que me hace feliz es dar. Da lo mismo donde me vaya cuando muera, lo importante es lo que hago en esta vida, involucrada en un tema que a la gente no le gusta.

—¿Y la sexualidad?

—Ay, ¡me encanta hablar de ese tema! En la radio conversábamos con la sexóloga Odette Freundlich. Yo le decía que creo que los hombres chilenos son muy cómodos, poco trabajadores (risas). Hoy se vive mejor la sexualidad. ¡Yo pololeo! Con un hombre de 77 años, Sergio Riesenberg, que fue muy famoso director. Llevamos 10 meses. ¡Encantador con las mujeres! “No sea tan celosa”, me dice, “¿ud. cree que a estas alturas de la vida la voy a engañar?” (ríe coqueta). Nos conocimos en una ceremonia, me miraba y me miraba. ¿Quién es ese gallo que me mira tanto?, le pregunté a mi hija. Bueno, empezamos a chatear, salimos y ahora estamos enamorados como niña de 15 años.

—Entonces, eres el mejor ejemplo de que a cualquier edad te puedes enamorar y seducir como en los viejos tiempos.

—Él me encuentra preciosa. Yo me miro al espejo, ¿será verdad tanto piropo? Nos vemos todos los días. “No puedo dejar de verla”, me dice. Nos juntamos en el Tavelli. El es the opposite a mi marido, más bohemio, me ha llevado a comer a restaurantes que nunca en mi vida conocí. Me salvó la vida tenerlo. Dios quiera no se me enferme ni le pase nada.

—¿Hoy se permite el amor entre los adultos mayores?

—En los hogares se enamoran mucho. Es que nadie lo piensa, pero uno nunca pierde las ganas de amar. Amar y que te amen es un regalo de la vida. Te diría que la depresión en las mujeres mayores es muy fuerte. Muchas conocidas no se han querido ni acercar a la fundación por no querer enfrentarse a esta realidad. Cuando hablamos de sexualidad la gente se horroriza un poco también. Pero qué importante es verse desnuda frente al espejo, uno tiene que quererse con los rollitos, con los cambios del cuerpo.

—¿De qué manera te cambió la muerte de tu marido?

—Imagínate que lo conocí a mis 14 años, y caí en trance. “Con este hombre me caso”, dije. Cuando murió, lloré un año entero. Ponía la música que bailábamos, sufría cada día. Hasta que en una fiesta de la fundación, tomé el micrófono y dije: “¿Les cuento? He decidido ser feliz”. Me reinventé. Yo soy resiliente. El año pasado tuve un cáncer a la mama; me operaron, 15 radioterapias y tuve suerte porque no hubo que hacerme quimio. Después, me dio un accidente cerebral y quedé con anticoagulantes de por vida. ¡Pero no me voy a morir de esto! Soy fuerte. Tengo mucho que ayudar todavía.

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